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Testimonios

A continuación se incluyen los testimonios de personas que aseguran ser recipiendarios de sanaciones y conversiones a través de la intercesión de Nuestra Madre o ser testigos de portentos realizados por ésta. Las fotos incluidas en esta sección fueron proporcionadas por las personas que rindieron dichos testimonios.

 

Felici Prosperi, Texas.

A principios de 2017, el sacerdote Felice Prosperi, quien reside en la ciudad de San Ginesio, provincia de Macerata, visitó La Santa Montaña y tras recorrer el lugar celebró una misa en La Santa Peña. Su inspección de esos lugares santos, la lectura de varios libros relacionados a la visita de Mamita y sus conversaciones con devotos, en especial Natividad Ruiz Medina, propietario de los terrenos donde ubica La Santa Peña y Luis Herrera, un ex discípulo de la otrora Asociación Pública Pía Siervos de Nuestra Madre, lo conminaron a escribir un poema dedicado a Nuestra Madre. El mismo ha sido reproducido a continuación.

MAMITA DE LA SANTA MONTAÑA

(Yo soy Vuestra Madre, Nuestra Señora del Carmen)

Puerto Rico en la Montaña
Sucedió la grande hazaña

Grande hazaña y portento
Ella viene tras del viento

Tras del viento y el huracán
Miles muertos no hay pan

No hay pan ni vivienda
Destrucción es muy tremenda

Muy tremenda es situación
Con el Yanqui bien ladrón

Bien ladrón y prepotente
Imponiéndose a la gente

A la gente muy sencilla
Aunque sea pobrecilla

Pobrecilla analfabeta
Bien lo saben cuál su meta

Cual su meta y creencia
Fe segura más que ciencia

Más que ciencia es Tradición
A la Virgen Devoción

Devoción arraigada
A la Madre muy amada

Muy Amada es María
Se presenta en la vía

En la vía montañosa
De manera asombrosa

Asombrosa: Bella Nena
Linda Niña en Hora Buena

Hora Buena apareciste
¿Que acaso te perdiste?

¿Te perdiste? No hijitos
Yo los amo jibaritos

Jibaritos Nuestro Padre
Quiere sea Vuestra Madre

Vuestra Madre que lo soy
Con Ustedes desde hoy

Desde hoy voy viviendo
Que me vayan construyendo

Construyendo una casita
Leña y palma mi chocita

Mi chocita en la montaña
Que ninguno se extraña

No se extraña el pueblo mío
Corre agua brota el río

Brota el río un manantial
Su enseñanza es panal

Es panal de dulce miel
Que instruye al fiel

Al fiel puertorriqueño
Misterioso el diseño

El diseño Trinitario
Se opone el falsario

El falsario Protestante
El Masón el Intrigante

Intrigante hacendero
Sigue Mami con esmero

Con esmero hasta muerte
Su misión de tal suerte

De tal suerte la Señora
Deja Sangre es Aurora

Es Aurora y Profecía
Nos salvamos con María

Con María Buena Hora
Que con Cristo es Redentora.

 

Elena Santiago, 60 años de edad, residente de San Antonio, Texas.

“En marzo de 1995, los médicos del Ejército [de Estados Unidos] en San Antonio [Texas,] diagnosticaron que padecía de esclerosis múltiple.” 

“Sentí los primeros síntomas de la enfermedad en diciembre de 1994. Tenía pesadas las extremidades del lado izquierdo del cuerpo, la lengua adormecida y luego sin movimiento alguno. Tampoco podía pararme y veía todo nubloso.” 

“El 5 de enero de 1995, cuando me di cuenta de que no podía levantarme, llamé a mi esposo, Rafael Ramos Ramos, master sergeant, first class  [sargento mayor primera clase] del Ejército y que en esos momentos se encontraba en un adiestramiento y me dijo que me fuese de inmediato al hospital militar.”

“En el hospital me hicieron una serie de exámenes y hasta me pusieron una vacuna de tétano, ya que no daban con la enfermedad que padecía. Regresé a casa y después de pasar dos semanas en cama, una amiga me llevó al hospital de Lackland [Texas,] y allí me hicieron un MRI [las siglas en inglés del término Magnetic Resonance Imaging, un examen médico basado en imágenes de resonancia magnética] a manera de emergencia. En ese hospital me hicieron además muchos análisis y me sacaron líquido de la espina dorsal.” 

A los dos días de estar recluida en el hospital, los médicos me informaron que en los exámenes aparecían muchas células dañadas en el cerebro y me dijeron que padecía de esclerosis múltiple. Vine a Puerto Rico [las palabras anteriores – que posicionan a la señora Santiago en la isla – se deben a que la declarante hizo el relato durante un viaje a Puerto Rico y ante varias personas que se encontraban en el manantial de La Santa Montaña] para conseguir una segunda opinión médica. El neurólogo que visité tenía la oficina en Hato Rey y confirmó el diagnóstico de los doctores de Texas.”

“Desde el momento en que caí en cama, le pedí a la Madre de Dios, a la Virgen Santísima, que de la misma forma en que [ella] recibió a su hijo magullado en sus brazos después de ser bajado de la cruz, que me ayudara a levantarme. Le prometí que si lo hacía, que si me mantenía en pie, lo primero que yo haría sería ir a La Santa Montaña a darle las gracias.” “Nunca quise aceptar el tratamiento contra la esclerosis múltiple, que es uno de por vida, porque los médicos me explicaron que el tratamiento, que es a base de inyecciones y pastillas, es para estancar los síntomas y la enfermedad, no para curarla. Además, ya los médicos me habían dicho que la esclerosis múltiple es una enfermedad progresiva e incurable.” “En mayo de 1995 comencé a dar pasos y en cuanto me sentí un poco más fuerte, le dije a mi esposo: ‘Me voy para Puerto Rico a darle las gracias a la Madre de Dios. Bajé hasta el manantial junto a mis cinco hermanas a dar las gracias.”

“Cada cuatro años voy a una revisión médica porque me dan debilidades y a veces me siento muy mal, pero creo que se trata de que estoy entrando en años. Estando en una de estas revisiones, para enero o febrero de 2012, me examinó la doctora Ford, que es una neuróloga en el Hospital Brooke, que forma parte de un complejo médico que tiene el Ejército en San Antonio. La doctora Ford me dijo que no parecía que tuviese esclerosis múltiple por lo bien que me veía. Esa doctora me hizo una batería de exámenes, pero no fue hasta junio de 2013 que la llamé para saber los resultados. No pudimos vernos y cuando por fin nos encontramos fue para finales de 2014.”

“Enseguida le pregunté la razón por la que no me había llamado en todo ese tiempo para decirme cuales habían sido los resultados de los exámenes y me contestó que era porque yo había decidido no someterme a tratamiento y que sólo iba a una revisión médica anual. Fue en ese momento que me informó que: ‘No veo seña alguna de que tengas esclerosis múltiple y lo que reflejan los últimos exámenes es que padeces de artritis. Estoy sumamente sorprendida por esto, ya que todos los exámenes anteriores reflejaron que eres una paciente de esclerosis múltiple.’ Por eso y por muchas otras cosas en que la Madre de Dios ha intervenido a mi favor es que cada vez que vengo a Puerto Rico visito esta gruta [el manantial en La Santa Montaña.]”

Claribel Rivera Jiménez, 56 años de edad, residente de Caguas, Puerto Rico.

“Mi primer hijo, Luis Enrique Piñeiro, nació en 1988 y poco después de su nacimiento, el cardiólogo pediátrico doctor Fernández, quien laboraba en el Hospital San Pablo de Bayamón, tras examinarlo, me informó que padecía de una enfermedad conocida como ‘corazón grande.’ Me explicó el doctor que según creciera el nene, el corazón se le iba a ir poniendo más y más grande y que si a los seis meses no se detenía el crecimiento, habría que someter a mi hijo a una cirugía de corazón abierto.” 

En esa época mi esposo, Enrique R. Piñeiro, era fiscal  y yo era agente del Negociado de Investigaciones Especiales [conocido por sus siglas, NIE] y no ganábamos mucho dinero; estábamos pela’os y no podíamos pagar ese tipo de operación.” 

“Un amigo de mi esposo llamado Pedrín se presentó en casa y le contamos nuestra situación. La respuesta de Pedrín fue que había ido a La Santa Montaña y se había convertido. Nos exhortó a que fuéramos allá porque estaba seguro de que el Señor iba a sanar al nene.”

“Nuestra vecina, Magdalena Soto, una devota de la Virgen María, y su esposo, Trífido del Río fueron con nosotros a La Santa Montaña el día antes de la evaluación médica final del nene, que ya había cumplido los seis meses de edad. En aquella época no había un camino en cemento hasta el manantial, sino un camino lleno de fango cuesta abajo, pero logramos llegar con el nene hasta el manantial. Oramos allí y recogimos agua. Magdalena cogió el nene y lo subió hasta la imagen de la Virgen del Carmen que está allí y se lo presentó. Mientras ella hacía eso, el nene estaba riéndose.”

“Al día siguiente llevé al nene a la cita médica para la evaluación final y le hicieron un electrocardiograma. Noté que el médico puso una cara bien seria cuando le entregaron el resultado y luego ordenó que hicieran otro electro. Cuando le entregaron el resultado del segundo examen, se viró hacia mí y me dijo: ‘Señora: su nene no tiene nada.’ ¡No podía creerlo!  Salí de allí riéndome y llorando porque algo tan grande había pasado.”

 

Juana Reyes Moyet, 69 años de edad, años de edad al momento de la declaración inicial, residente de San Lorenzo, Puerto Rico.

El 15 de noviembre de 1982, el diario El Vocero (San Juan,) publicó una crónica bajo la línea de autoría del periodista Rubén Darío Rodríguez, en la que la sanlorenceña Juana Reyes Moyet, de 37 años de edad y residente del barrio Quebrada Honda, aseguró haber recobrado milagrosamente la voz, cuyo uso había perdido totalmente por razones desconocidas desde mayo de 1981. Desde entonces, se comunicaba con su esposo, José A. Hernández y sus tres hijos mediante la emisión de sonidos guturales. 

Reyes Moyet relató que: “El jueves, [12 de noviembre de 1982] mientras estaba lavando [ropa,] salí un momento a la sala y le pregunté a mi esposo: ‘¿Qué vas a hacer, te vas a quedar ahí todo el día sin arreglar la guagua de tu cuñado?’ Él se sorprendió y me preguntó qué [era lo que] yo le decía por tres o cuatro veces [y] yo le  respondí nuevamente lo mismo.

“Le pregunté: ‘¿No me entiendes?’ El abrió los ojos y me dijo: ‘Mujer, ¿no te das cuenta [de] que estás hablando?’ ‘¡Seguro que me doy cuenta! ¿No sabes que anoche fui sanada por la Madre de Dios?’” 

Según contó el esposo de Juana, en el hogar y en todo el barrio “eso fue algo del otro mundo.”

            El reportaje señala además que Reyes Moyet acudió a “más de una decena de médicos” en el área de Caguas y en el Centro Médico en Río Piedras sin que ninguno diera con la causa de su enmudecimiento.

            “Pienso que creían que tenía cáncer. Por último, me refirieron a un psiquiatra. Pero ninguno pudo, con su ciencia y sabiduría, devolverme el habla... Desde que perdí la voz en mayo de 1981 estuve de tratamiento en tratamiento. Me dieron terapia del habla, pero todo lo que hicieron, aunque estoy muy agradecida de los médicos, no fue suficiente. Tenía que ir a La Santa Montaña,” dijo Reyes Moyet.

 

Luis Herrera, 48 años de edad, residente de Toa Alta, Puerto Rico.

 

Herrera, un ex discípulo de la otrora Asociación Pública Pía Siervos de Nuestra Madre, con sede en La Santa Montaña, indica que: “Desde temprano en la noche del sábado, 28 de septiembre de 1985, los tres discípulos [de la Asociación Siervos de Nuestra Madre, bajo la dirección] del padre Jaime [Reyes] permanecimos en oración y vigilia toda la noche cerca de la casita de Nuestra Madre, en preparación para la ceremonia de consagración e inauguración de la casa-santuario en La Santa Montaña de San Lorenzo [pautada para el domingo, 29 de septiembre en horas de la mañana.]”

​            “En la madrugada detectamos una nube de niebla que se posó cerca de la casita [de Nuestra Madre] y de la que por buen rato prendía [en la parte superior] una luz sumamente brillante. Ninguno de nosotros llevaba consigo una linterna portátil o quinqué y en el área no había ningún poste [del alumbrado eléctrico] del que prendiera una bombilla, ninguna luminaria y ningún tipo de farol u otra fuente de luz, ya fuese eléctrica o generada por gas o fuego. Luego se escucharon cánticos de procedencia desconocida, por lo que todos quedamos arrobados y caímos de rodillas al suelo.”

“En horas de la mañana nos trasladamos a la iglesia para llevar a cabo los preparativos para la ceremonia de dedicación [del templo] y cuando llegamos al área del altar descubrimos que el todo el piso estaba cubierto con un material sumamente parecido al llamado cabello de ángel con que se adornan los árboles de Navidad. Cada vez que intentábamos  recoger lo que solamente puedo describir como cabello de ángel para removerlo del área o guardar muestras, el material se deshacía totalmente al toque de la mano humana. No quedó rastro del material en ningún sitio. Más tarde encontramos el mismo material sobre todo el piso de la casita-santuario y al tocarlo o intentar recogerlo, se desintegró.”

            “Horas después, cuando monseñor Enrique [Hernández Rivera, entonces obispo de la diócesis de Caguas y oficiante principal de la ceremonia de dedicación del santuario] entró a la habitación de la casita-santuario donde Nuestra Madre dio su cambio para dar comienzo a la ceremonia, cayó sobre su cabeza un chorro de agua cuya procedencia era desconocida, ya que el techo de la habitación es plano y no había allí ningún recipiente con agua. No es probable que hubiese sido agua atrapada entre el techo de la habitación y el primer piso de la estructura, ya que la misma estaba acabada de construir, no había una sola grieta en el cemento y tampoco había llovido la noche anterior. Después de concluidas las ceremonias, bromeamos con monseñor diciéndole que ese día fue bautizado por segunda vez.”

            “Durante mis años como discípulo en La Santa Montaña muchas personas se acercaron a nosotros [se refiere a sí mismo y a sus dos compañeros discípulos de la asociación,] para indicar que en el área a la vera derecha del inicio del Camino del Ángel [que conduce al manantial del santuario,] frente a la palma de coco sembrada por Elenita de Jesús, habían escuchado voces cantando a coro.” 

​            “Si fuese a hablar de las cosas que presencié en La Santa Montaña, tendría que escribir un libro.”

 

Clotilde Martínez, “Don Cloto’ 72 años de edad, residente de Caguas, Puerto Rico

 

Desde hace poco más de dos décadas, don Cloto, como cariñosamente lo conocen los peregrinos que visitan La Santa Montaña, ha estado ejerciendo la misión de orar por las personas que se allegan cada domingo al manantial que hizo brotar Nuestra Madre. Para ello, se traslada a La Santa Montaña desde su hogar en el barrio Borinquen de Caguas.

“Llegué a La Santa Montaña en 1981. En esa época oraba y rezaba el rosario todos los días, pero un día le dije a Dios que iba a continuar orando, pero que no iba a volver a rezar el rosario a diario.  Seguí visitando La Montaña, y cuando los niños [videntes, 1982] de Cidra tuvieron sus encuentros, la Virgen me tocó el corazón y me dijo: ‘De hoy en adelante vas a rezar cuatro rosarios al día.’” 

En 1993, el entonces rector del Santuario Diocesano Nuestra Señora del Carmen, el sacerdote Edward Santana, le solicitó a don Cloto que se presentara los domingos en el manantial para que dirigiera a los peregrinos en el rezo del rosario.

“Eso hice durante varios meses hasta que se presentó un grupo de [la ciudad de] Ponce. Me pidieron que orara por ellos y como no contaba con el permiso del padre [Santana,] me negué a hacerlo.  Insistieron varias veces para que les orara diciendo: ‘Es usted al que le toca orar por nosotros’ y otras tantas me negué porque no estaba autorizado [para hacerlo.] Finalmente se fueron y yo me sentí tan avergonzado de haberles negado la oración y de que se hubiesen ido tristes, que cuando me quedé solo en el manantial, me puse a hablar con Dios y le dije: ‘Señor, de hoy en adelante al que me pida que le ore, lo haré. Si estoy actuando de una forma que no es de tu agrado, por favor, házmelo saber.’ Desde entonces he orado por muchas, pero que
muchas de personas cada domingo.”  

“De lo que doy fe es que son miles las personas que han ido a La Santa Montaña y se han personado en el manantial en busca de sanación de enfermedades de todo tipo y que muchas, pero que muchas de ellas se han sanado allí mismo de esos males. Me refiero a los males del cuerpo y a los males espirituales.”

“Antes de orar por las personas rezamos el santo rosario. A veces las personas se ponen a cantar himnos [religiosos] entre los misterios o al terminar de rezar el santo rosario. Luego voy una a una y les pregunto qué los lleva al manantial. Luego oro por cada una. He visto a muchas personas salir de allí sanadas. Yo no soy el que sana. Es Dios quien sana a través del bálsamo [agua del manantial] que nos dejó Nuestra Madre. Yo hago lo que Dios y la Virgen me han pedido que haga y si alguien me quiere sacar del manantial por cumplir ese mandato, ¡que me saquen!”

María Lucía Sánchez, 54 años de edad, residente en Naranjito, Puerto Rico.

 

El testimonio a continuación fue entregado por escrito y se transcribió ad verbatim.

Para el año 1984 era una joven de 25 años que estudiaba Derecho en la Universidad de Puerto Rico y tenía muchas dudas en cuanto a lo que iba a hacer en el futuro. Para mediados de ese año, José Candelario Rivera, una amigo al que llamamos Cheíto, me habló de un lugar en la cordillera del Bosque Carite donde la devoción a la Virgen María era muy grande. 

 Cada fin de semana cuando llegaba a la casa de mis padres era lo mismo: aparecía Cheíto a hablarme de esa montaña en que ocurrían muchos prodigios. Un día, con un tanto de cinismo le dije: “Cheíto, ¿por qué hablas tanto de esa montaña? ¿Acaso para amar a la Virgen hay que subir allí?” No obstante, en mi interior una voz decía: “¡Calla, calla!; no sabes…” Desde entonces y sin haber subido a La Santa Montaña, no dejaba de hablar de la misma. 

            El 12 de octubre de 1984, Su Santidad Juan Pablo II visitó la isla y entonces sí que se colmaron mis inquietudes: asistía diariamente a misa, confesaba frecuentemente y me embriagaba de continuo un sentimiento de profundo vacío, así como un gran deseo de aceptar la voluntad de Dios. Fue así como la montaña de la Virgen se convirtió en un ansia y sentía que allí Dios me esperaba con respuestas.

            En diciembre de 1984 subí a la que llaman La Santa Montaña y antes de siquiera llegar experimentaba un gozo que no comparo con nada en el mundo. Allí me encontré con mi Señor y su voluntad por la intercesión de Mamita Elena.  

            Durante todo el mes de diciembre prácticamente iba a diario a La Santa Montaña desde mi pueblo de Naranjito, a pesar de que eran varias las horas de camino para allegarse a ese santo lugar. Yo no tenía auto y por supuesto, Cheíto y su esposa Eva me llevaban.  ¿A qué íbamos a esa montaña remota, fría y pobre? Hoy sé que era a encontrarnos con ella, con Mamita Elena, pues sentíamos que ella nos instruía personalmente en lo que es conocer, desear y cumplir la voluntad de Dios. 

            Todo en La Santa Montaña habla de Dios: las palmeras, la brisa, la lluvia, el frío, el calor y los animales. Para 1984 la capilla era una choza, los caminos eran de barro y llovía tanto, tanto… Sin embrago, el cansancio no cansaba, el hambre no agobiaba, Dios bastaba… Allí no existían estratos sociales, ya que el médico y el abogado recibían lecciones de humildes campesinos que conocieron a Mamita o de aquellos cuyos padres fueron discípulos de Vuestra Madre. Además, se compartían los alimentos y trabajábamos en armonía. Durante muchos años se cumplió la escritura: los discípulos de Mamita nos conocíamos por el amor que nos  profesábamos.

            Desde que fui por primera vez a La Santa Montaña me descalcé y durante más de un año caminaba sin zapatos por todos los lugares. Nunca me herí los pies o me enfermé pese a la gran cantidad de piedras y de fango que había en el lugar. Como los caminos eran de barro y llovía tanto, éstos eran resbalosos y me caía muchísimo. En fin, que no hubo camino por el que “no rodara,” pero nunca me hice daño y siquiera recuerdo haber tenido moratones en el cuerpo pese a que en ocasiones mis caídas fueron aparatosas. 

            A principios de enero de 1985 tenía que despedirme de mis viajes diarios a la Montaña Santa ya que regresaría a la universidad a retomar mis estudios. Solamente me faltaba un semestre para terminar la carrera de Derecho y la pregunta que constantemente formulaba era: ¿qué quiere Dios; qué quiere Dios? El fin de semana previo a mi retorno a la universidad me llevaron a conocer a Joaquina, una ancianita quede niña había estado con Mamita dentro de la casita que la última había ordenado construir en La Santa Montaña a manera de residencia. Me habían advertido que Joaquina era muy especial porque el Señor le había concedido el don de “orar en lenguas.” Yo estaba inquieta y lo único que quería saber era lo que Dios quería de mí…” 

Pese a que Joaquina era una ancianita, poseía un alma infantil que repetía lo que vio y lo que oyó decir a Mamita Elena. Durante todo el tiempo que estuvimos en la humilde casita, en mi interior le pedía a Mamita que me dijera lo que el Señor quería; que no me dejara regresar a mi casa sin saberlo. Al momento de despedirnos de Joaquina hicimos un círculo para orar que estaba  compuesto por Cheíto, su esposa Eva, la hija de los primeros dos, Kamalia, un amigo llamado Willie [Colón], una hermana de Joaquina llamada Lorenza, la propia Joaquina y yo. En determinado momento Joaquina comenzó a hablar en un idioma que desconozco mientras acariciaba el bracito de Kamalia y le dijo muchas cosas en ese idioma. Luego se volteó y mirándome dijo muchas cosas en ese idioma. Lo único que dijo en español fue: “MONJITA.” Tras decir esta palabra, Joaquina volvió a la “normalidad.” Todos nos miramos asombrados y yo le dije a mi Señor: “¡Tú lo quieres; yo lo quiero!”

                El problema era: ¿Cómo decirles a mis padres que luego de siete años en la universidad y a punto de terminar una carrera en Derecho, me iba de monja? Esa misma noche les contaría lo sucedido y Cheíto me acompañaba. Era alrededor de las 11:00 p.m. cuando llegamos a mi casa. Nos sentamos en la sala de mi hogar: mi mamá, mi papá, Cheíto y yo y entonces comencé. Comencé a narrarles lo que me pasó. Mi mamá, Ester, una mujer piadosa pero muy práctica y me dijo: “¡Ay Marilú, tú eres tan sanana!1 Esa señora te dijo muchos disparates y tú crees que esas palabras provienen de Dios.” Con insistencia, yo le decía: “Mami, Joaquina es una santa; ella estuvo con Vuestra Madre.”

            De pronto, Cheíto gritó: “¡Calla y dime lo que oyes!” Yo le contesté: “¡CAMPANAS!” En esos momentos sobre mi casa ‘había un gran campanario’ y esas campanas repicaban como nunca las he vuelto a escuchar en mi vida. Yo estaba tan impactada que temblaba de pies a cabeza y creía que se iba a acabar el mundo. Nosotros habíamos escuchado que Vuestra Madre había dicho que si escuchábamos campanas subiéramos a La Montaña porque algo grande estaba pasando. ¿Volver? ¡Acabamos de regresar de allí! Cheíto me dijo: “Si Eva las escuchó, regresamos.” Cheíto  se fue para su casa y al preguntarle a Eva, ésta dijo que no las oyó, por lo cual no regresamos esa noche. 

 Mi papá comenta que esas campanas las tañían en un Club de Leones que estaba relativamente cerca, pero eso era ilógico porque nunca hubo campanario en ese lugar. Mi humilde casa está en un barrio de Naranjito llamado Cedro Abajo, localizado lejos de la capilla rural del entorno y de la iglesia parroquial y en ésta las campanas no tañían desde la muerte del sacristán, que era quien sabía hacerlo. 

 Regresé a la universidad y terminé el semestre que me faltaba de la carrera de leyes. No obstante, mi decisión estaba tomada: poco después (1986) y junto a otras jóvenes, hice Consagración de Virgen al servicio de Jesús en el Santuario Diocesano Nuestra Señora del Carmen en La Santa Montaña. 

 Como consagradas comenzamos a vivir en comunidad en el barrio Quebrada Lajas, una de las laderas de La Santa Montaña. Éramos pobres pero nunca nos faltó nada. No teníamos carro, pero siempre fuimos diariamente a Misa en el Santuario. 

 Nuestro trabajo en el Santuario era la oración, encargarnos del mantenimiento de las capillas y la hospitalidad de los peregrinos. Las tareas más humildes hechas por amor.

 La oración en el Santuario siempre es una experiencia íntima con Nuestro Señor y Nuestra Madre. Más o menos para el año 1987, el rector del santuario, P. Jaime Reyes, nos enseña a meditar unos misterios del Rosario a los que llamaba: “Apostólicos.” El padre nos instruye en que el Rosario es la meditación de la vida de Jesús y que Mamita Elena le “dio” unos misterios que nos ayudarían en la meditación de la Vida Pública de Jesús. Ella justificaba la necesidad pues se iba desde la Infancia a la Pasión sin meditar los 3 años de vida apostólica.

Los misterios apostólicos son: 

1. El Bautismo de Jesús en el Río Jordán

2.La Elección de los Apóstoles

3.La Prédica y los Milagros de Jesús

4.La Transfiguración de Jesús

5. La Institución de la Eucaristía

Nosotras, las religiosas, incorporamos el rezo diario de los misterios apostólicos, en realidad rezábamos los 20 misterios del rosario. Como parte de nuestro hábito, vestíamos una camándula que incluía los 20 misterios, no los 15 tradicionales. El rezo de estos misterios se hizo parte de la oración de peregrinos del santuario. Luego S.E.R. Mons. Enrique Hernández los promulga para la iglesia particular de Caguas con motivo de la celebración del jubileo de plata de la fundación de la diócesis.

Años más tarde, el 16 de octubre de 2002, Su Santidad Juan Pablo II promulga para la Iglesia Universal los misterios “Luminosos” en la carta apostólica “Rosarium Virginis Mariae.”

            El 16 de octubre de 2002 fue presentada la carta apostólica del Papa Juan Pablo II “Rosarium Virginis Mariae” (“El Rosario de la Virgen María.”) El punto más destacado fue la inclusión de cinco nuevos misterios en el Rosario.

            El Papa, al explicar esta decisión en el documento define el Rosario como un “compendio del Evangelio” orientado “a la contemplación del rostro de Cristo” con los ojos de María a través de la repetición del “avemaría.”

Ahora bien, constata en los quince misterios del Rosario (cada día se contemplan cinco misterios rezando en cada uno diez avemarías) faltaban hasta ahora momentos decisivos de la vida de Cristo. 

            Por ese motivo, consideró “oportuna una incorporación, que si bien deja a la libre consideración de los individuos y de la comunidad, les permita contemplar también los misterios de la vida pública de Cristo desde el Bautismo a la Pasión.”

            Los misterios apostólicos se diferencian sólo en el nombre y en el orden de los misterios segundo y tercero. El segundo de los apostólicos es el tercero de los luminosos y el segundo de los luminosos es el tercero de los apostólicos. En cuanto a la diferencia en el modo de enunciarlo, es el modo de catequizar de Mamita Elena; ella sabe que estos jibaritos boricuas no hablan latín y nos los nombró facilitos para que los entendiéramos.

            El día que me enteré de los misterios luminosos, “brincaba en un solo pie” y me dio tanta nostalgia de que S.E.R. Mons. Hernández no se enterara de esto antes, ya que tanto pidió señales de quien era Elenita; bueno, el cielo sabe porqué hace así las cosas.

 Para la década de los 80 y los 90 el número de peregrinos [que llegaba a La Santa Montaña] era tan grande que fue necesario organizar el ministerio de la hospitalidad para los fines de semana en particular o tiempos como la Cuaresma y la Semana Santa. El rector del santuario, padre Reyes, OSB, me dio la dirección de ese ministerio, por lo cual tuve la oportunidad de compartir establemente con peregrinos servidores durante años. ¿Quiénes eran estos servidores? Personas que se sentían llamados a la oración y al servicio de la Iglesia, cientos de personas que estaban deseosas de hacer lo que se les indicara.

            En el santuario de la Virgen del Carmen podía estar de servicio en el portón de entrada un médico junto a un ama de casa y dos campesinos o  en las tres cruces o en el manantial. Estas personas
ayudaban a los peregrinos y oraban con ellos. No había inconformidad por lo humilde del servicio, por el contrario, el buen ánimo era común entre todos los servidores. 

 Para los que vivíamos en el Santuario y para quienes peregrinamos a él, lo extraordinario era lo normal. Las sanaciones físicas de cáncer, corazón, parálisis; emocionales, muchas  mujeres que no podían tener hijos y luego de pedirlo a la Virgen quedaban embarazadas, etc. Nadie llevaba cuenta ni se escribía acerca de ellas, por lo cual no tengo datos de muchas de las que me enteré. Muchos de los peregrinos que recibieron las sanaciones volvieron a dar testimonio, otros no lo hicieron pero no enteramos por acompañantes. Sin embargo, lo más impactante e importante  eran las conversiones. Conocí tantas  personas que como yo fueron transformadas. Supe de conversiones inmediatas: adúlteros que se transformaban en esposos modelos; drogodependientes que lograron liberarse del vicio; alcohólicos que dejaron la bebida; de matrimonios destrozados que se reconciliaron; muchos buenos que querían ser mejores; muchos que murieron santamente. 

Quiero enfatizar, para los que vivíamos en el Santuario y quienes peregrinamos a él, lo extraordinario era lo ordinario. Siempre había regocijo de los prodigios que ocurrían, pero realmente el corazón no se apegaba en éstos, sino en quien los prodigaba. Yo nunca vi a nadie en éxtasis, jamás lo estuve, pero sé que Ella hablaba al corazón de todo el que la llamaba. Muchas personas tenían visiones, sueños con ella, tanto en Puerto Rico como fuera de la isla, pero sabíamos que lo importante era lo que esos hechos provocaban en el alma, no los sucesos en sí mismos. Nunca hubo estudio formal de los milagros, pero sé de personas que están dispuestos a que se estudien sus experiencias. Yo, como una pobrecita hija del Señor, me amparaba en el discernimiento evangélico: “por los frutos los conoceréis.”

            La Montaña es santa porque Mamita Elena está allí según lo prometió y es quien lleva las almas a Jesús. Quienes la hemos conocido amamos profundamente a la Iglesia, no queremos dejar de ser católicos, por el contrario, obedecemos la Iglesia aunque no crean en nuestras experiencias. No hemos creado una secta, sino muchos grupos de oración que están en distintos pueblos de Puerto Rico, desde donde se nutre nuestra fe y se fortalece la Iglesia. La mayoría de los peregrinos son servidores en distintos movimientos parroquiales y si examinan la piedad y la caridad de los mismos, podemos ver como Jesús ha tocado esas vidas.

Los peregrinos de La Santa Montaña creemos en lo que dijo Mamita Elena: “cuando tengan una necesidad, suban a la Montaña.” Subimos a La Montaña y dejamos en ella nuestras preocupaciones, enfermedades, dudas, pecados y celebramos los sacramentos, nos reunimos con los hermanos a orar,  revitalizamos nuestra fe y bajamos a nuestros hogares, a nuestras parroquias a vivir nuestra vida ordinaria al estilo de los seguidores de Jesús. 

            Los que hemos conocido a Mamita Elena discernimos cómo sus profecías se cumplen tal y cual lo dijeron los que gozaron de su presencia. Al igual que sus discípulos, tenemos tal veneración por la Virgen, que no queremos añadir ni quitar nada, pues sabemos que quien dice mentiras trabaja a las órdenes del maligno. Quien peregrine a la Santa Montaña va a experimentar la Comunión de los Santos, no hay distancia entre el cielo y la Tierra.

 *En el campo se les llama sananas a las personas muy inocentes y de poco discernimiento.

 

Pedro Vélez Adrover, 66 años de edad, residente de Aguada, Puerto Rico.

“Al artista de mi pueblo al que le encargaron hacer el dibujo de Elenita de Jesús [Nuestra Madre] para inclusión en el libro ¿Lobos o Ungidos? se le había dado la descripción detallada de los rasgos físicos generales y de la cara de Elenita según la describieron los testigos oculares entrevistados por el padre Jaime [Reyes.] No obstante, al joven, que es muy buen dibujante, por más que trataba, no le salía el bosquejo.” 

“Llevaba así varios días, cuando una noche la cuñada del artista se presentó en mi casa a eso de las ocho a buscarme porque algo inusitado había pasado en la casa del joven. Debido a que la persona que me fue a buscar estaba sumamente nerviosa, salí de mi casa como estaba, en T-shirt, [camiseta playera] pantalones cortos y chancletas. Fue la primera vez que salí así a la calle en mi pueblo.”

“Mi residencia está ubicada en la Calle Marina del casco [urbano] de Aguada y la casa del artista está en el barrio Cruces, que es a unos 20 minutos de la mía. Mientras nos dirigíamos hacia el barrio Cruces, la cuñada del artista me explicó que desde hacía un día una paloma blanca hermosísima se encontraba posada en el balcón de la casa del artista y que miraba fijamente al joven todo el tiempo.” 

“Poco antes de que fueran a buscarme, los [habitantes] de la casa habían visto un resplandor impresionante, algo parecido a una bola de fuego, en el balcón de la casa y asustados decidieron contactarme, ya que siempre estoy en las cosas de la iglesia; conduzco rosarios, preparo la iglesia del pueblo para las misas dominicales y las grandes festividades, coordino la procesión de la Virgen del Espinar y todos los años se me encomienda la novena y el itinerario de la visitas que hace a las casas de sus devotos la imagen de nuestro patrón, Pancho [San Francisco de Asís.]”

“Cuando llegamos al Barrio Cruces y me dispuse a entrar a la casa, vi la paloma, que era preciosa, en el balcón. La paloma extendió las alas de forma majestuosa y voló hacia el alero del balcón y se posó allí. Entramos a la casa y enseguida les dije a los que estaban allí que nos pusiéramos a orar. Rezamos la Coronilla de la Divina Misericordia, el Santo Rosario y la Salve.”

“En cuanto terminamos de rezar, la paloma extendió las alas con una fuerza enorme y salió volando en medio de un inmenso fulgor. Cuando la paloma se fue, el artista automáticamente se sentó e hizo el boceto y le quedó igual a las descripciones de Elenita.” 

“Tal parece que la Virgen se ocupó de inspirar al joven para hiciera bien su semblanza.”

 

La paloma que apareció en la casa del artista de Aguada,  ubicada en el barrio Cruces de dicho municipio. Foto por: Wilfred Vázquez,  tomada el lunes, 19 de noviembre de 2012 a las 9:54 pm.

 

Héctor Negrón Medina y Madeline Santos Camacho, residentes de Guaynabo, Puerto Rico.

Este matrimonio indicó que mientras Madeline se desempeñaba como asistente administrativa en una empresa bancaria en el sector Tres Monjitas de Hato Rey [suburbio de San Juan,] fue víctima de maltrato emocional y acoso por parte de ejecutivos bancarios y un contratista de agencias de cobro por negarse a ser sobornada a cambio de guardar silencio en torno a un fraude monetario que evidenció. 

“Un ejecutivo me amenazó y casi me roza la nariz con su dedo índice mientras movía su mano frente a mi cara. Me sentí humillada, atemorizada y emocionalmente me sentía muy mal. Comencé a llorar sola casi todos los días porque no podía defenderme. Soporté todo eso porque amaba mi trabajo. Poco a poco le fui perdiendo el amor a mis labores y llegué al punto en que no quería llegar a la oficina, porque, para colmo, mis compañeras me rechazaban debido a los celos profesionales, ya que el puesto que yo ocupaba, que era descrito en el banco como uno muy complicado que no todos podían llevar a cabo, fue motivo de envidia de algunos compañeros,” relató Madeline.

La situación en el banco se fue agravando y a eso del mediodía del 19 de julio de 2007, su esposo, Héctor Junior Negrón, quien laboraba como coordinador de sistemas de información en la entonces Telefónica de Puerto Rico, recibió una llamada de la supervisora de Madeline solicitándole que se presentara de inmediato en el banco porque su esposa había sufrido un colapso nervioso.

            “Fui allá de inmediato. La supervisora me condujo hasta una oficina y allí encontré a Madeline con una gerente. Mi esposa estaba sumamente nerviosa, no decía una palabra y lloraba sin parar. Era un llanto estremecedor porque era silencioso. Madeline se limitaba a mirarme a los ojos buscando ayuda y protección.”

“La supervisora me indicó que había hablado con la división de Ayuda al Empleado del banco y una persona estaba esperando a Madeline en el Centro Clínico Roig para entrevistarla. Nos dirigimos hacia allá y mientras esperábamos que nos atendieran, revisé los documentos que me habían entregado. En ese momento me percaté que en los papeles que el patrono había llenado para el Fondo de Seguro del Estado se mencionaba que Madeline manifestó que las ganas que tenía era de entrarle a tiros a dos o tres en el banco y [luego] pegarse un tiro.”

“Nos refirieron a la siquiatra Dayra Fernández y en cuanto la doctora se dio cuenta que algo fuera de lo común le había pasado a mi esposa, me dijo que Madeline necesitaba ayuda siquiátrica de emergencia. No obstante, al percatarse de los documentos de referido al Fondo del Seguro del Estado, me explicó que tenía que llevarla allí y que si ellos no la podían atender, que regresara
donde ella. En el Fondo nos refirieron al Hospital San Juan Capestrano,” expuso Junior.

 Madeline finalmente fue hospitalizada en dicha facilidad médica, que se especializa en atender malestares emocionales y psiquiátricos, a la una de la madrugada del 20 de julio. Poco después, Junior recibió una llamada telefónica del doctor Efraín Del Valle, quien laboraba como siquiatra en dicho hospital, para informarle que Madeline sufría una depresión severa y mostraba síntomas suicidas. Le recomendó una terapia conocida como electro-convulsiva, un tratamiento a base de sacudidas eléctricas.

“Accedí a que le dieran ese tratamiento porque el doctor me aseguró que con esa terapia la condición de Madeline iba a mejorar y que los efectos secundarios consistían en una leve pérdida de memoria, además de que en los papeles de autorización reconocí la firma de Madeline,” dijo Junior.

            Las terapias comenzaron el primero de agosto y tras ser sometida a ocho de doce procedimientos, a insistencia de Junior –quien se había percatado de que Madeline pedía que le repitiera lo que le había dicho por teléfono el día anterior y se sentía preocupado porque su esposa solicitó que le llevara una foto de la familia porque ‘se me están olvidando las caras’–los médicos dieron de alta a Madeline y accedieron a que recibiera las cuatro terapias restantes de forma ambulatoria. 

             “Madeline regresó a casa el 18 de agosto y su [pérdida de] memoria se agravaba con cada día que pasaba. No recordaba los nombres de las nenas y no las reconocía. No reconocía la casa, no sabía lo que era un carro o un avión. La llevé al aeropuerto Muñoz Marín y estacioné el auto en un lugar desde donde se puede ver la pista de aterrizaje y quedó asombrada al enterarse que esos aparatos estuvieran en el aire y con gente adentro. No sabía su nombre, bañarse o vestirse y había que sostenerla para caminar. Tampoco sonreía. Perdió todo tipo de recuerdo No sabía el nombre de, ni para que se utiliza un lápiz. No reconocía a su propia familia: nuestras hijas o sus padres. Una de las pocas cosas que recordaba era el médico que la atendió, porque mencionaba un ‘doctor alto, blanco y de pelo negro.’ Lo mencionaba a cada rato,” dijo Junior.

El 23 de agosto, Junior se personó con su esposa en la oficina privada del doctor Del Valle – el médico ‘alto, blanco, de pelo negro’ que Madeline recordaba – con el propósito de que el galeno observara la condición de la última. Del Valle se dio cuenta de que Madeline sufría de pérdida total de la memoria y al notificárselo a Junior, el último le informó que no autorizaría que fuese sometida a las terapias electro-convulsivas restantes. Del Valle, quien indicó que no encontraba explicación para la situación en que se encontraba Madeline y cuya prognosis de recuperación para la paciente fue poco alentadora, estuvo de acuerdo con la decisión de Junior y llamó al hospital para suspender las terapias. Luego les dio una cita para 18 de septiembre.

El 24 de agosto Junior llevó a su esposa al Fondo del Seguro del Estado, donde un médico se limitó a evaluarla y les dijo que regresaran en dos semanas. El 26 de agosto Junior llevó a Madeline a la residencia de los padres de ésta en Ponce con la esperanza de que al verlos los reconociera. No fue así y para desasosiego de todos, Junior se vio obligado a explicar a sus suegros y a sus cuñados lo que sucedía.

El 27 de agosto, Madeline, que no hablaba, sino contestaba esporádicamente lo que le preguntaba Junior con movimientos de la cabeza para indicar sí o no, comenzó a proferir continuamente una palabra: “Montaña.” Junior sabía a lo que se refería, ya que su esposa era devota de Nuestra Madre y frecuentaba La Santa Montaña, pero, en vista a que él nunca había estado interesado en siquiera saber sobre Elenita de Jesús, se limitaba a responder: “Si, ya sé, quieres ir a La Santa Montaña. En algún momento iremos.” Sin embargo, durante los siguientes días y hasta el sábado, primero de septiembre, Madeline seguía diciendo esa única palabra: “Montaña.”

“Ese sábado Madeline repitió la palabra muchas veces. Insistía en eso. ‘En algún momento te voy a llevar,’ era lo que le respondía. Al día siguiente salimos de casa en la mañana rumbo a Ponce. Quería llevarla otra vez a la casa de sus padres a ver si los reconocía. Camino a Ponce, a la altura de la entrada hacia Guavate, me entró un deseo inexplicable de subir a La Santa Montaña. No lo pensé dos veces y cogí la salida para llegar al santuario vía Guavate,” explicó Junior y a renglón seguido añadió:

“Cuando llegamos al santuario, la misa estaba terminando. Mediante señas, Madeline me dijo que la llevara a la iglesia. Como casi no podía caminar, iba sosteniéndola. Estuvimos un buen rato frente al sagrario y Madeline no cesaba de llorar. Al salir de la iglesia otra vez dijo: “Montaña” y comprendí que quería ir a otras partes del santuario. Al acercarnos a la casita de Nuestra Madre, como impulsada por algo, entró al caminito que da hacia la habitación donde Elenita de Jesús dio su cambio; el que está al lado de una tarja. Cuando llegó a la puerta, comenzó a tocar las paredes y la puerta sin decir una palabra.”

Al salir de la casita de Nuestra Madre, Junior y Madeline tomaron El Camino de Ángel y paso a paso, con Madeline asida del brazo de su esposo, lograron llegar al manantial.

“No había nadie allí; solamente estábamos Madeline y yo. De momento, llegó un grupo de personas, entre ellos don Cloto [Clotilde Martínez, residente de Caguas] a quien yo no conocía y que luego me enteré que es muy devoto de Elenita de Jesús y que visita el santuario a menudo. Las personas que estaban con él comenzaron a orar, pero don Cloto tenía la mirada fija en nosotros.”

“De pronto, don Cloto comentó: ‘En este lugar hay cosas malas y las voy a sacar de aquí.’ Dicho esto, cogió agua del manantial y la lanzó hacia una señora negra que estaba allí y en cuanto el agua la tocó, la señora salió corriendo por el camino y no la volvimos a ver. Entonces don Cloto dijo: ‘Ahora podemos orar con más calma.’ El grupo siguió orando, pero don Cloto no apartaba la mirada de nosotros. Luego me tocó el hombro y dijo: ‘Ya mismo estoy con ustedes.’ Poco después, comenzó a imponer las manos a varios de los que estaban allí. Al acercarse a nosotros, dijo: ‘¿Cómo se llama ella?’ Le respondí: ‘Madeline.’ ‘Voy a orar por ella,’ dijo don Cloto.”

“Don Cloto comenzó a orar y luego sacó una botellita llena de agua del manantial y la vertió sobre la cabeza de Madeline, que de inmediato cayó desmayada en mis brazos. Don Cloto se acercó a ella y le pasó agua por la cabeza, las piernas y brazos. Mientras hacía esto, los gestos de don Cloto denotaban que algo le molestaba. ‘No te preocupes, que todo está bien,’ me decía mientras seguía poniéndole agua a Madeline,” narró Junior.

            Madeline despertó aturdida. Las oraciones en el manantial continuaron y Junior, que deseaba llegar a Ponce con la esperanza de que su esposa reconociera algún familiar, la instó a levantarse porque ‘tenemos que seguir camino.’ Ella contestó: “Okey.”

“En ese momento no capté que Madeline me había respondido. Cuando la ayudé a levantarse, dijo: ‘Nos vamos después que terminen de orar.’ Ahí fue que noté que algo raro estaba pasando, porque Madeline [anteriormente] no hablaba en oraciones completas. Cuando terminaron de orar nos fuimos y para mi sorpresa, Madeline caminaba sin ayuda. A mitad de camino vio una amiga y la llamó por su nombre: ‘¡Mira, esa es Eva, la amiga de Cuqui!’ [Juanita Flores Mojica, una amiga de Madeline] y quedé petrificado en el lugar porque Madeline había reconocido una persona que yo no conocía.

​            “Al encontrarse con Eva, se abrazaron y Madeline habló con ella como si nada hubiera pasado. Aún no captaba lo que sucedía. Estaba anonadado. Al llegar a la planicie, recibí una llamada de Cuqui informándome que estaba camino del santuario y cuando le conté lo sucedido, ¡ahí fue que desperté de mi letargo y me di cuenta que había sucedido un milagro!

 “Enseguida llamé a las nenas para decirles lo que sucedía. ‘Quiero que hablen con mami porque algo grande ha pasado en la [Santa] Montaña y quiero que sean testigos de eso. Marlene y Melanie hablaron
con Madeline como si nada hubiera pasado. Al poco rato Cuqui llegó a la [Santa] Montaña y Madeline la reconoció. Ambas se confundieron en un abrazo y Cuqui lloraba a lágrima tendida.”  

“En lugar de dirigirnos a Ponce, regresamos a San Juan. Madeline reconocía todo y a todos. Podía vestirse, cocinar, bañarse, hablaba por los codos y sobre todo, había vuelto a sonreír. Cuando le dijimos a sus padres lo que había sucedido, su mamá organizó una fiesta el 16 de septiembre para darle gracias a Dios por el milagro.” 

“Cuando fuimos a la cita en el Fondo del Seguro del Estado con la doctora Feliciano, quien había evidenciado la condición en que encontraba Madeline antes de que fuésemos a la [Santa] Montaña y había hecho las anotaciones correspondientes en el expediente médico de mi esposa, le contamos lo que había sucedido en el manantial.”

“La doctora nos dijo que desde el punto de vista médico, la curación de Madeline no tenía explicación, pero que como cristiana entendía a la perfección lo que había sucedido. Nos dijo que en cuestiones de fe, todo es posible, concluyó diciendo Junior.”

 

Annette Colón Sánchez, 56 años de edad, residente de San Lorenzo, Puerto Rico

La primera vez que fui a La Santa Montaña fue el Viernes Santo de 1983 a raíz de que mis padres, Santos Colón y María Elisa Sánchez, que residían en Bayamón, se enteraron de la serie de apariciones registradas allí en 1982 y me llevaron con ellos. En esa ocasión llevé a mis dos hijos. Estuvimos todo el día en La Santa Montaña y fui testigo de una serie de manifestaciones de la luna esa noche, que estaba en cuarto creciente pero brillaba como si se tratara de un sol de mediodía.” 

 “Después de eso regresé a La Montaña en muchas ocasiones y mis padres, mis hijos y yo hacíamos vigilia  en el lugar y compartíamos con personas de diferentes pueblos de la isla. En 1985 me mudé a San Lorenzo con mis hijos y luego mis padres compraron un solar en San Lorenzo, que es donde hicieron una casita que es en la que residimos actualmente mi hermana Nilda y yo.”

            “La imagen que está a la entrada del santuario la trajeron después de la inauguración del lugar. Dos semanas antes de que llegara la imagen estábamos papi, mami, mis dos hijos y yo en vigilia en Las Tres Cruces y cuando bajábamos de allí para regresar a casa era de madrugada y en la escalera que conduce a la casita de Nuestra Madre, en una palma que había a mano derecha, se formó como una nube o un humito encima de la palma.” 

 “Al detenernos a observar ese humo notamos que contenía la imagen de la Virgen [María] sentada en un trono con el Niño [Jesús] sentado en la falda. No caíamos en cuenta que era una manifestación mariana, pero al viento soplar, el pelo de la Virgen se movió y todos nos dimos cuenta que se trataba de la Virgen. Había allí también personas de diferentes pueblos y todos caímos de rodillas. Le hablamos, le cantamos, le oramos y le tiramos piropos a la Virgen.” 

            “No asociábamos a la Virgen del Carmen con una imagen de María que estuviese sentada y decíamos que tal vez era [Nuestra Señora, Madre de] La [Divina] Providencia,  [patrona de Puerto Rico,] pero notamos que el bebé no estaba acostado en la falda. Al rato se abrió en el cielo oscuro un círculo sobre la Virgen y de allí salieron rayos que bajaban en tres tiempos, o sea, bajaban un poquito, luego bajaban un poco más y finalmente bajaban hasta alcanzarla a ella y a nosotros y la iluminaban a ella y a nosotros. Eso ocurrió tres veces. Luego la nubecita se fue desvaneciendo y al rato nos fuimos.” 

“En otra ocasión bajábamos papi, mami, mis nenes, mi tía paterna Jenny, mi prima Iniabelle y yo hasta La Santa Peña a eso de las diez y media de la noche. No teníamos linternas, ni velas, pero decidimos bajar hasta allí a oscuras. En un momento dado no se veía nada y le pedimos a Vuestra Madre que nos iluminara el camino. De repente apareció una paloma blanca cantando [arrullando] y comenzó a volar en zigzag. El espacio por donde volaba se iba iluminando y de esa forma llegamos a La Santa Peña. Cuando llegamos allí, la paloma se posó sobre La Peña y luego salió volando hacia un caminito que hay a la derecha de la parte de atrás de La Peña y allí se formó la Virgen de Guadalupe. Caímos de rodillas y seguimos rezando el rosario hasta que desapareció. Al terminar, de la misma forma que la Virgen nos iluminó el camino para bajar, nos lo iluminó para subir.”

 

                                                                                                     

Ana Morales De Jesús, 75 años de edad, residente de Aibonito, Puerto Rico

“Mayra Soto, una joven amiga mía de Aibonito tuvo  un accidente de carro y quedó en una silla de ruedas por dos años. Un día, eso fue en 1992, me dijo que la llevara a La Santa Montaña y fuimos un martes. Al llegar a Cayey [la ruta motorizada de mayor uso entre Aibonito y San Lorenzo es a través de Cayey,] el aguacero era tan grande que parecía una tormenta, pero las dos, que íbamos solas en mi carro, decidimos seguir adelante y llegamos a La Montaña bajo esa tormenta.”

“El padre Jaime [Reyes] estaba en la casita de Vuestra Madre con un sacerdote que había venido de Estados Unidos a estar unos días allí. Ambos estaban orando y pedimos permiso para orar con ellos. La muchacha estaba en pantalones cortos porque tenía una varilla en la pierna izquierda y usaba muletas. De pronto vi un rosario en el muslo de ella, pero mi amiga no lo veía. Llamé al sacerdote que acompañaba al padre Jaime a ver si lo veía y dijo que no. Le conté que yo lo veía y él comenzó a darle a mi amiga una cátedra sobre el rosario.”

“Cuando este sacerdote terminó de hablar con mi amiga, subimos solitas a Las Tres Cruces bajo la tormenta aquella. Le dije que se pegara del Crucificado y me puse detrás de ella a orar. De pronto me di cuenta que detrás de mi estaba el sacerdote de Estados Unidos, que se nos unió en oración. Cuando terminamos, ella siguió caminando sola y dejó las muletas en Las Tres Cruces.” 

 “Después de eso, Mayra se casó, se fue a vivir a Guaynabo, tuvo hijos y ahora da clases en un colegio católico de Guaynabo.”

 “En otra ocasión, fue para 1991, después de orar en el manantial [de La Santa Montaña] con mi grupo de oración de Aibonito, comenzamos todos a subir por el camino que lleva al estacionamiento para [abordar] nuestros carros. Yo iba rezagada cargando unos galones [envases de plástico con cupo para un galón – cuatro litros] que había llenado con bálsamo del manantial y cuando iba a mitad del camino vi que bajaba un joven vestido de blanco de pies a cabeza. Tenía puesta una camisa blanca, un pantalón blanco y un gabán [chaqueta] blanco. ¡Hasta los zapatos y el sombrero eran blancos!” 

“No se le veía bien la cara al hombre, que era joven, porque llevaba puesto un sombrero de ala ancha, pero se veía que era muy guapo. ‘¿Va sin luz?,’ le pregunté. El joven sólo me contestó: ‘Sí.’ Enseguida le dije: ‘¿Quiere que lo acompañe con mi flashlight [linterna eléctrica portátil] hasta el manantial?’ Otra vez me respondió que sí. El joven iba delante y yo detrás alumbrándole el camino. Íbamos solos porque el grupo se había quedado en el camino esperándome, pero ninguno se atrevió a bajar hasta el manantial.”

“Cuando llegamos al manantial, me dijo: ‘Yo solamente vine aquí a orar por mi mamá.’ Yo le dije: ‘Muy bien, vamos a orar.’ El joven me puso las manos en los hombros y yo también hice lo mismo y juntamos las dos frentes orando. Del joven emanaba un perfume tan hermoso y tan rico que no pude descifrarlo. Ese perfume se quedó [impregnado] en todo mi cuerpo.”

“Terminamos de orar y como sabía que yo iba a tardar más que él en llegar al estacionamiento, le dije: ‘Por favor, súbame los envases míos que están llenos de bálsamo,’ y el joven preguntó: ‘¿Dónde se los dejo?’ ‘Los puede dejar al lado de mi carro,’ contesté  y le describí mi carro. También le dije: ‘Pero me espera allí para que tome café con nosotros.’ Me contestó: ‘Gracias, pero me voy enseguida porque mi carro me está dando problemas.’”

“Cuando llegué a donde estaba el grupo, que ya había subido hasta [donde se estacionan] los carros, el joven no estaba. Quise casi caerme muerta cuando les pregunté a mis compañeros si habían visto al joven porque nadie lo vio. Mis compañeros me dijeron que no habían visto a nadie subir por el camino, que no habían visto a nadie llegar al estacionamiento, que allí no habían otros carros que los nuestros, que no habían escuchado a nadie colocando galones en ningún lado y que nadie había prendido un carro. Lo único que habían visto eran los galones llenos de bálsamo junto a mi carro. Empecé a caminar por todo ese santo lugar dándole gloria a Dios y pidiendo bendiciones para ese santo lugar.”

“Mis compañeros me preguntaron sobre el perfume que tenía puesto porque no lo habían detectado cuando llegamos a La Montaña. Les dije: ‘Ese perfume es del joven que se pegó a mí para orar y no me voy a bañar hoy para que no se me vaya.’ Mi vecina, Olga Camacho, me dijo: ‘Ni yo tampoco porque me pegaste el perfume.’”

“Desde hace 32 años subo a La Santa Montaña. Cuando estaba allí el padre Jaime [Reyes] subía tres veces en semana porque los jueves me tocaba hacer La Oración de Jericó a las nueve de la noche y asistía a misa allí los domingos. Ahora subo allá los días ocho de cada mes a orar con mi grupo de Aibonito [en conmemoración de] la fecha de la llegada de Vuestra Madre a Puerto Rico porque ella llegó un ocho de agosto y también subo en días especiales que son fiestas grandes de la Iglesia y cada vez que puedo.”

 

Reinaldo Meléndez Velázquez, 62 años de edad, residente de Caguas, Puerto Rico. 

“Mi abuelo materno, Juan Velázquez Claudio, natural y residente del Barrio Real de Patillas, fue uno del grupo de discípulos conocidos como Soldados de Vuestra Madre y ella lo llamaba Mi panal de miel por la forma tan peculiar y dulce en que la llamaba ‘Mamita.’ En una ocasión, Vuestra Madre le preguntó a mi abuelo: 

‘¿Quien se puso la corona en La Santa Montaña?’ 

‘¿Quién si no la Virgen del Carmen?,’ contestó él.” 

‘¿Y cómo lo sabes?,’ inquirió ella. 

La respuesta del abuelo no se hizo esperar: ‘Porque mis ojos la han visto.’”

“Varias de las hijas de mi abuelo pertenecieron al grupo conocido como Las Niñas de Vuestra Madre. Mi mamá no formó parte de ese grupo porque nació en 1913, cuatro años después de que Nuestra Madre dio su cambio. No obstante, una de las hermanas mayores de mi mamá, la tía Obdulia, que fue alcaldesa de Guayama entre 1952 y 1956, quiso ser una de las niñas, pero Vuestra Madre le dijo a mi abuelo que se la llevara de regreso a Patillas porque era muy pequeña, pero que más tarde la necesitaría. En ese momento, Vuestra Madre le impuso las manos a tía Obdulia cruzando los dedos en la parte trasera de la cabeza, estampando de esta forma la obra que le correspondía hacer en La Santa Montaña.”

“La tía Obdulia nació en 1900 y a temprana edad se casó con Nicolás Lorenzo, un [ex] comandante del ejército español que había participado en la Guerra Hispanoamericana, por lo que era mucho mayor que ella. Nunca tuvieron hijos y me contó tía que mientras estuvo casada, en varias ocasiones escuchó una voz que le decía que solicitara la obra de La Santa Montaña.” 

“La tía Obdulia utilizó un sinnúmero de excusas para no presentar la solicitud: que estaba casada, que no quería ir a un lugar lleno de zarzas y espinas, etc. La solicitud no se la hacía ‘la voz’ todos los días, sino que a veces pasaba tiempo sin escuchar el reclamo, lo que la tranquilizaba, pero cuando menos se lo esperaba, volvía a escuchar la voz. Su esposo fue testigo de la recepción de estos mensajes, ya que en varias ocasiones la observó de lejos mientras hablaba sola en la casa y cuando le preguntaba quién era [su interlocutor] ella se mantenía en silencio.” 

“Debido a la insistencia de la voz, mi tía le escribió una carta al párroco de San Lorenzo solicitando participar en la obra de La Santa Montaña. Una vez redactó la carta dejó de escuchar la voz y por eso decidió no enviarla y la engavetó.” 

“Tiempo después de estar engavetada la carta, volvió mi tía a escuchar la voz, ya en un tono más exigente. Esa vez le dijo: ‘Envié a mi Madre a La Santa Montaña, ¿por qué no has de ir tú?’ Ahí tía no tuvo más remedio que hacer lo que se le solicitó. Como respuesta, le mandaron una carta entregándole la administración del lugar.” 

“Tengo las notas de las reuniones que hacían en La Santa Montaña en que tía aparece como presidenta del comité de administración. Todos la reconocían a ella como la encargada del lugar. Tía estuvo a cargo de La Santa Montaña hasta los años 80.”

“Para los años 70, Vuestra Madre le solicitó, a través de un mensaje que le dio a doña María González, que vivía en La Santa Montaña y era hija del discípulo Leorio González,  que construyera una capilla detrás de la choza donde había derramado su sangre. El mensaje fue: ‘Dile a mi hija Obdulia que me construya una capilla.’ Doña María salió corriendo del jardín y se quedó muda cuando llegó donde su marido y este creyó que había sufrido un percance. Doña María se comunicó con él por señas y salieron inmediatamente hacia Guayama a ver a mi tía. Cuando llegaron a la casa de mi tía y [al] esta [última] pronunciar el nombre de Vuestra Madre, doña María recobró el habla y le dio el mensaje. Tía vendió parte de sus tierras y de sus pertenencias para poder hacer la capilla, que costó unos tres mil dólares.”

“La carretera que pasa frente a La Montaña se construyó por la intercesión de mi tía cuando fue alcaldesa de Guayama [1952-1956,] ya que le insistió al gobernador [Luis Muñoz Marín] que ordenara su construcción.”