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Historia

Nuestra Madre

Nuestra Madre

 

La Santa Montaña, coordenadas geográficas: 18◦06’10.66” Norte 66◦01’19.11 Oeste,  altitud: 2,226 pies (678.4 metros) sobre el nivel del mar, ubicada en el barrio Espino del Municipio de San Lorenzo (área sudoriental de la isla,) ocupa parte del sector donde confluyen los municipios de San Lorenzo, Patillas y Cayey.  ​

Esta región montañosa se encuentra dentro de una reserva natural – El Bosque Carite – que consta de unas 6,600 cuerdas (6,400 acres; 2,593.8 hectáreas; 5,899.9 metros cuadrados) de boscaje húmedo tropical que forman parte de La Sierra de Cayey.                                                                                                                                                                    

 A partir de 1954 y por mandato del gobierno de Puerto Rico (para todo propósito oficial, incluyendo la cartografía,) el Cerro Las Peñas fue denominado Cerro Nuestra Madre.

En la cima de La Santa Montaña de Puerto Rico se encuentra el Santuario   Diocesano Nuestra Señora del Carmen, construido y dedicado en 1985 por el obispo emérito de la Diócesis de Caguas, monseñor Enrique Hernández Rivera. 

La historia de La Santa Montaña comienza el 8 de agosto de 1899, cuando el fenómeno atmosférico conocido como el huracán San Ciriaco salió de la isla después de atravesarla diagonalmente dejando a su paso 3,369 muertos y cientos de miles de personas sin hogar. Las pérdidas fueron estimadas por el gobierno en $35.8 millones.

Trayectoria del huracán San Ciriaco. Mapa: Ecoexploratorio.org

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A eso de media tarde del 8 de agosto de 1899, mientras San Ciriaco salía por la costa noroeste de la isla para entrar a las aguas del Océano Atlántico, dos campesinos arribaron, machetes en mano, al barrio Calzada del pueblo de Maunabo a salvar varias vacas en vías de ahogarse en una pequeña llanura contigua al río Maunabo. El llano donde se había quedado varado el ganado se encontraba bajo dos pies (0.6 metros) de agua debido al desbordamiento del río, cuyas aguas habían sido aguantadas en su desembocadura por la marejada ciclónica que afectó la zona sureste de Puerto Rico.

Desde allí los dos campesinos detectaron una figura erguida que ‘flotaba’ sobre las aguas del Mar Caribe y mantuvieron la vista fija en el progreso de la ‘tabla’ sobre la que ambos dedujeron que iba parada la mujer. La ‘tabla’ continuó flotando sobre las aguas del mar en dirección occidental impulsada por la corriente, por lo que los campesinos la perdieron de vista cuando rebasó las aguas del Cabo de Mala Pascua y se acercó al litoral del sector Bajo del municipio de Patillas, caracterizado por playas rocosas formadas por la erosión marina.

  Dos días más tarde, varios residentes del barrio Jacaboa del municipio de Patillas vieron a una joven desconocida caminando por el área en dirección noreste, en ruta hacia el Bosque Carite. La joven hizo una parada en la residencia de la familia Poche para reprender a un  miembro del clan por maltratar una vaca, explicando en una voz dulce y suave que: “Todas las criaturas de Dios merecen respeto.”

  El joven a quien reprendió regresó a su casa temblando y le informó a su madre que: “Después de decir eso, la muchacha se esfumó en el aire.” A la semana siguiente la hermosa joven fue vista por vecinos que residían cerca del camino La Macarena, que conectaba los municipios de Yabucoa y San Lorenzo.

 

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Playa en el sector El Bajo del municipio de Patillas.

 

               Un tiempo después del paso de San Ciriaco por la isla, una cuadrilla de seis leñadores procedente del barrio San Salvador de Caguas, área que colinda con el sector Morena del barrio Espino de San Lorenzo, emprendió antes del amanecer su marcha de hora y media por pasos de montaña hasta llegar a la garganta del cerro Gregorio de San Lorenzo y prosiguió hasta la ladera norte del Cerro Las Peñas, ubicado en la sección oriental del Bosque Carite, un área abundante en árboles de tabonuco, jagüilla, cupey, ausubo, caoba y roble blanco. Al salir el sol, ya el grupo de leñadores se encontraba en el cerro.

  Desde el paso de San Ciriaco por la isla, el jefe de la cuadrilla, Adolfo Ruiz Medina, había optado por llevar a cabo las labores de corte en las laderas de esa montaña, cuya irregularidad y profundidad habían salvado a cientos de árboles de la furia de los vientos. 

              

 

 

Adolfo Ruiz Medina

  A la hora del almuerzo, la cuadrilla reposó en los alrededores de una peña de granodiorita de unos 15 pies (4.5 metros) de altura y de un diámetro aproximado de 25 pies (7.6 metros,) cada cual abriendo los envases en los que habían traído el almuerzo.

 

 

 

La Santa Peña, una inmensa roca de granodiorita que se alza en la ladera norte de La Santa Montaña y donde los leñadores de Caguas encontraron a  ‘Buenaventura.’
Foto por: Natividad Ruiz.

 

 

               En ese instante se percataron de la presencia de otra persona en el lugar, por lo que se acercaron silenciosamente a la cueva. Para su sorpresa descubrieron adentro a una joven que les sostuvo la mirada y permaneció en silencio. Fue Adolfo quien primero habló. 

 

               “¿Quién eres, niña?”

               “Soy tu buena ventura.”

               “¿Andas perdida?, preguntó otro de los leñadores.

               La joven no pronunció palabra y cuando uno de los miembros de la cuadrilla intentó asirla se esfumó en el aire. Los hombres la buscaron por los alrededores gritando el que creían era su nombre: ‘Buenaventura.’

Pocos días después, cerca de la hora del almuerzo, Adolfo agarró una higüera, declaró un receso en las labores y se encaminó hacia una quebrada a buscar agua para todos. Luego  descendió por la ladera sur del cerro y se internó en la parte más espesa del bosque. Un dulce canto que resonaba en todo el bosque detuvo su caminar. El leñador miró en todas direcciones, pero no vio a nadie.

​            El canto produjo en su ánimo una gran paz. Paso a paso se acercó al lugar donde provenía aquella voz tan sonora y cuando se encontraba cerca de la quebrada, la vio. Era la misma mujercita.  Estaba sentada sobre una piedra, sus pies jugando con el agua. Adolfo volvió a detenerse ya que no solamente se escuchaba la voz de la jovencita, sino las de cientos de niños cantando en el bosque ‘en el idioma de los curas’ [latín.]

Paralizado de asombro, miró fijamente hacia la quebrada y fue en ese momento que ella levantó la vista y lo vio parado en medio de la arboleda, higüera en mano.  Tras una breve conversación, la joven se levantó y comenzó a alejarse del lugar.

 “¡No camina! ¡Flota! ¡Es como si alguien a cada lado la estuviera cargando!,” concluyó Adolfo al verla caminar sin que sus pies tocaran el suelo. ​                                                      

Una luminosidad que aumentaba por segundos comenzó a cubrir a la joven hasta que adquirió tal magnitud que cegó a Adolfo, quien instintivamente dejó caer la higüera y levantó el brazo derecho para cubrir sus ojos con el dorso de la mano. En las dos ocasiones en que retiró la extremidad de la cara y reabrió los ojos para ver a la joven, se vio obligado a cerrar los párpados y a escudarlos nuevamente con su mano. 

Cuando finalmente desapareció el resplandor y pudo abrir los ojos, fue para descubrir que se encontraba solo junto a la quebrada. El aturdimiento se apoderó del leñador y su cuerpo, que temblaba de pies a cabeza, perdió toda la fuerza causando que cayera sentado en el suelo. ​

“¡María Santísima!, ¿Qué es esto?

            Al pronunciar el nombre de María, Adolfo escuchó una voz masculina susurrándole al oído: “¡Coge el agua y vuelve con tus compañeros!” 

     El leñador miró hacia todos lados tratando de encontrar a la persona que había proferido la orden, pero no había nadie en los alrededores. Obedeciendo, se puso de pie, recogió la higüera, caminó hasta la orilla de la quebrada y tras llenarla hasta el borde, se dirigió hacia el lugar donde se encontraba la cuadrilla.

Pasados unos días de ese encuentro, los leñadores se encontraban encaramados en escaleras aserrando las ramas altas de varios árboles cuando distinguieron a la misma joven que habían visto en la peña flotando a gran altura sobre ellos.

“Hijitos míos, ¡buenos días! ¡La paz esté con ustedes!”                                                

Al instante, los hombres bajaron la vista sin atreverse a mirarla. 

“ ¡Mírenme!; no teman; soy yo.” ​                                                                            

“Madre, ¿dónde estabas?” “¿Qué has hecho?” “¡Perdón, madre, perdón!,” se turnaron en decir los leñadores, que aún no se atrevían a fijar sus ojos en la joven. 

“Estaba en mi casa con mi Hijo amado.”                                                                  

Poco a poco, los seis hombres levantaron la mirada y al descubrir que la joven seguía a gran altura, flotando entre los ramales de un árbol cercano, la preocupación se apoderó de ellos. 

  “Mamita, ¡cuidado, que te caes!,” dijeron al unísono. 

            “Quiero que me hagan aquí una choza,” les dijo ella sonriendo.          

Los  hombres se miraron entre sí asombrados, ya que la encomienda requería una correntía en los alrededores que supliera suficiente agua para todos los trabajos que conlleva la construcción de una vivienda. Finalmente, uno de ellos se atrevió a preguntar: 

            “¿Hacer aquí mismo una choza, Madrecita? ¡En todo esto no hay agua!”   

 “Quiero aquí mi choza. No se preocupen por lo demás.”

            A la mañana siguiente los hombres transportaron herramientas de construcción hasta el cerro y desyerbaron el predio de terreno seleccionado por la misteriosa visitante para construir su humilde morada. Poco antes del mediodía la joven reapareció ante el grupo.

            “Aquí se va a hacer mi casa, que es para todos mis hijos, los primeros ustedes.”        

 “Sí, Mamita, lo sabemos; aquí se va hacer tu choza, pero el agua queda muy retirada de todo esto,” contestó uno de los hombres.                                                                           

“¡Anden ahí y traigan agua! ¡Se lavan y cogen agua para beber!,” ordenó la joven.  

 “Mamita, ese es un sitio seco; ¡no tiene agua!; ¡son piedras secas!,” indicó Adolfo. 

“¡Anden, anden a coger el agua!,” replicó la joven.              

“¡Apúrense,  apúrense, que Mamita manda!,” ordenó Adolfo.

El grupo emprendió la marcha hacia un área en la zona norte de la cima, donde entre piedras de menor tamaño sobresalía un peñasco de granodiorita. Para su asombro, al llegar a la formación rocosa, descubrieron que del lugar donde antes solamente había piedras amontonadas brotaba a borbotones agua fresca y cristalina.

Durante los siguientes cuatro días trabajaron incesantemente en la casa aserrando árboles, cortando ganchos, descascarando troncos, preparando tablas, tallando postes y vigas y colocando todo en su lugar. El producto final consistió en una pequeña vivienda rectangular de unos 12 pies (3. 6 metros) de ancho por 16 pies (4.8 metros) de largo y una altura aproximada de 10 pies  (tres metros) con balcón al frente y techo de dos aguas en yaguas (hojas de palma) que se extendía para cubrir el balcón. Al estar montada en socos (pilares) de ausubo, la vivienda se elevaba unos tres pies (0.9 metros) del suelo, por lo que los aserradores fabricaron una escalinata de tres peldaños que permitía acceso al balcón.

Ilustración de una casa campesina puertorriqueña con balcón y tres escalones realizada por el pintor puertorriqueño Luis Germán Cajiga.

La casa de Nuestra Madre  tenía balcón y tres escalones, pero el techo era de yaguas (hoja de palma.)

Una vez concluida la construcción de la vivienda, los hombres arribaron a la montaña con sus instrumentos habituales de trabajo para continuar las labores del aserrado suspendidas por la construcción de la choza. La joven los estaba esperando. De ella manaba un gran resplandor que por unos instantes dejó mudos de asombro a los leñadores. 

            La alegría de éstos al verla fue tanta, que todos a la vez exclamaron: “¡Mamita, Mamita, buenos días!”

            “La paz esté con ustedes, hijitos míos.” 

            “Mamita, ya terminamos tu choza y nos vamos al trabajo,” anunció el jefe de la cuadrilla. 

            “Vamos a dar gracias antes de empezar las tareas. ¿O ya lo hicieron?” 

 “No, no lo hemos hecho, pero lo haremos cuando empecemos,” contestó Adolfo. 

                       La joven permaneció en silencio e inmóvil ante ellos, por lo que los trabajadores, uno a uno, removieron sus pavas (sombrero campesino de paja y ala ancha que termina en flequillos) y se arrodillaron en el suelo.

 

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Un jíbaro (campesino puertorriqueño) cortador de caña luciendo una pava.  

Foto propiedad de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos.

 

“Repitan tras de mí, mis hijitos:

¡Oh Dios!, te doy gracias por haberme cuidado durante la noche. ¡Oh Dios!, te doy las gracias porque cuidas mi mente para no pensar cosa mala alguna durante el día. ¡Oh Dios!, te doy las gracias porque mis ojos no miran ni desean nada prohibido. ¡Oh Dios!, te doy las gracias por mi boca; no salga de ella palabra fea. ¡Oh Dios!, te doy las gracias porque mi corazón no encierra nada malo para mi prójimo, que es mi hermano.”

            Al concluir la oración, los hombres, aún con las cabezas inclinadas, hicieron la señal de la cruz.

            “¡Anden al trabajo, mis hijitos!”

​                Ese día lo dedicaron al corte de madera, bejucos de yaguas y palmas. Al llegar la tarde regresaron a la choza a reunirse con quien ya todos llamaban ‘Mamita’ para dar las gracias por las tareas terminadas. Luego partieron rumbo a sus hogares. En ruta a San Salvador se detuvieron en las casas a lo largo del camino para dar aviso de que: “Mamita está en su choza para impartir la doctrina cristiana a todos.”

            De esa forma comenzaron a subir peregrinos al Cerro Las Peñas, algunos junto a sus familiares a ver a Mamita y a escuchar sus prédicas. Así dio comienzo lo que Adolfo describió como: “Hacer reuniones en un sitio santo, porque desde el primer día en que ella apareció como una niña, fue toda esa montaña bendita.”

 Las prédicas

La noticia de la llegada de Mamita a tierra sanlorenceña corrió como la pólvora por toda la zona cafetalera del sureste de la isla y poco después de erigida su vivienda, decenas de campesinos de lugares aledaños y otros que atravesaban grandes distancias para llegar a la cima del monte a escucharla predicar desde el balcón de su humilde casita de madera con techo de yaguas llenaban La Santa Montaña. 

Justo antes de dirigirse a los presentes, cuyo número muchas veces rebasaba el centenar, por orden de Nuestra Madre se colocaba en el balcón de la casita un cuadro de Nuestra Señora del Monte Carmelo y a manera de bandera, un paño azul con estrellas doradas flameantes, en extremo similar al color y a los adornos de la túnica de Nuestra Señora de Guadalupe. 

Las prédicas, que generalmente sucedían los miércoles y los viernes a eso de las seis de la tarde, eran anunciadas por un fotuto (una concha de caracol) o un cuerno de buey para avisar a los que acababan de terminar sus labores diarias o a los que aún no habían llegado a la cima de la montaña que había llegado el momento de comenzar sus enseñanzas. 

Campesino tocando un fotuto.

La prédica de Nuestra Madre, hecha en tono sumamente respetuoso hacia los presentes y en lenguaje sencillo y lleno de expresiones puertorriqueñas, giraba en torno a los evangelios, a cuyo contenido no solamente hacía referencia con gran exactitud, sino que detallaba la forma en que se aplicaban a la vida diaria. Luego enfatizaba la importancia de dedicar los hijos a Dios, de orar – inclusive en cualquier lugar y posición, primero a Dios, luego a la Virgen María y a los santos – del rezo constante del rosario, de no pecar, de ayudarse los unos a los otros, de dar al necesitado, de tratarse como hermanos y de que la familia se reúna para comer y así se mantenga unida. Muchas veces repasaba ante la muchedumbre los principios del catecismo para preparar a los que aún no habían recibido los sacramentos. 

 La recepción de los sacramentos

Fueron muchas las ocasiones en que Nuestra Madre encabezó romerías hasta las iglesias de pueblos vecinos para que los catecúmenos fuesen bautizados y las parejas que vivían amancebadas recibieran el sacramento del matrimonio.

La granja      

Nuestra Madre estableció un consorcio caritativo autosustentable en la cima del Cerro Las Peñas, al que ya todos los habitantes de San Lorenzo y pueblos aledaños se referían como ‘La Santa Montaña.’ Allí no solamente predicaba, sino que realizaba milagros, se encargaba de la alfabetización de los niños, ofrecía ayuda a los necesitados y enseñaba a sus discípulos a desafiar el sistema económico colonial al que estaban sujetos mediante la unión de esfuerzos y la venta de artesanías, en su mayoría cestas.  

            También se destacó en la organización de las siembras, dando instrucciones a sus llamados ‘discípulos’ (aquellos que conformaban su círculo íntimo de allegados) en torno a cuándo, qué y dónde debían sembrar y luego utilizaba los productos que generaban los sembradíos para alimentar a los centenares de personas que asistían a sus predicaciones y para repartir comida entre los campesinos hambrientos. 

            A unos 10 pies (3 metros) de la choza de Nuestra Madre sus discípulos edificaron una capilla y en una casita aledaña a esta última se recibían las visitas importantes, generalmente sacerdotes y hacendados, por lo que allí se colocaron sillones para la comodidad de estas personas.  

                También se construyó una choza para las labores de costura en la que se colocó un baúl enorme para guardar la ropa terminada. Las tareas de costura, de cocina y de limpieza, del cuido y de la alimentación de los animales, de la siembra de los alimentos, de la confección de cestas y hamacas, del lavado de ropa, del talado de árboles, de la construcción y del mantenimiento de las estructuras, así como de la vigilancia en la granja sanlorenceña eran realizadas por los discípulos que residían en La Santa Montaña. 

                El centro de actividad de la granja era la choza de Nuestra Madre, a la que solamente les era permitido entrar a las integrantes del grupo conocido como ‘Las Niñas de Nuestra Madre,’ quienes también pertenecían al círculo íntimo de Mamita. Estas niñas, cuyas edades fluctuaban entre los seis y los 20 años de edad y que procedían de pueblos aledaños, se quedaban en la montaña por espacio de dos, tres o cuatro semanas a la vez. Mientras permanecieron a su lado, Nuestra Madre les enseñó catecismo, oraciones, costura y otras labores del hogar, modales, buenos hábitos, a ser buenas hijas y esposas, el trato hacia las demás personas, a no dejarse abusar, a leer y escribir y los conceptos básicos de la aritmética.   

El consorcio se sostenía mediante la colecta de limosna durante las prédicas y la limosna recaudada por los mensajeros que recorrían los barrios cercanos a la montaña solicitando donaciones en efectivo, alimentos y telas. Las dádivas eran utilizadas para pagar los estipendios de los sacramentos y para ayudar a los necesitados.

 Las Misiones

En ocasiones Nuestra Madre salía del complejo sanlorenceño en lo que los discípulos llamaban una ‘misión’ (predicar en otras localidades.) Los discípulos se turnaban para cargar a Nuestra Madre cuando iba sentada en una hamaca y en las pocas ocasiones en que salió de la granja a caballo, se encargaban de conducir al animal hasta que llegaban a su destino. Estos viajes eran a monte traviesa, por caminos angostos y a veces enlodados. 

Nuestra Madre predicaba por cuatro horas o más en los lugares que visitaba y su presencia siempre infundía respeto y temor a Dios. Cada vez era mayor la cantidad de personas que acudía a recibir instrucción sobre la palabra de Dios, a ser preparada para recibir los sacramentos o a ser curada de males. Bastaba con que alguna persona dijera que estaba enfermo o que sentía dolor en alguna parte del cuerpo para que Mamita le impusiera las manos sobre la parte afectada y fuese sanado de inmediato.

 Los nombres

En vista a que respondía “Soy Vuestra Madre” cada vez que le preguntaban quien era y a que indistintamente llamaba ‘hijos’ a todos los que se acercaban a ella, muchos la llamaban Vuestra Madre, Nuestra Madre o Mamita. Muchos se referían a ella como La Virgen María.

            En lo relativo a los cognomentos Elenita de Jesús, Madre Elena, Mamita Elena  y Madre Elenita, el 2 de febrero de 1985, mediante una declaración jurada hecha ante la licenciada Felícita Pérez de la Torre, (una abogada y notario público puertorriqueña certificada por el estado,) don Bernardo del Valle, uno de los discípulos sanlorenceños de Nuestra  Madre, aseguró que fue durante una prédica en Caguas que ésta solicitó que la llamaran Elenita de Jesús. El señor Del Valle fungió como celador de su casita en el complejo autosuficiente fundado por Nuestra Madre en La Santa Montaña. 

 

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Bernardo del Valle

También hubo personas que se refirieron a Nuestra Madre como La Santa y muchos se referían a ella como La Virgen María. El único nombre que Nuestra Madre no se dio a sí misma fue el de ‘misionera.’

 Los poderes

Durante su estadía en suelo borincano, Nuestra Madre dio muestras de su poder sobre el movimiento, el tiempo, los elementos, la naturaleza, la enfermedad, el sol, el sonido, la materia, la gravedad y la malignidad en presencia de sus discípulos, sacerdotes y las muchedumbres que asistían a sus prédicas. 

            Entre los prodigios realizados por Nuestra Madre figuran que multiplicó los alimentos, tornó el sabor de frutos sumamente agrios en unos de gran dulzor, se transmutó varias veces en una paloma, demostró tener un conocimiento avanzado y un control inusitado sobre las leyes que rigen la mecánica cuántica, ya que aparecía y desaparecía entre las personas como un rayito de luz, realizó ocultación selectiva en tres ocasiones, detuvo el movimiento del sol, separó las aguas de los ríos crecidos para poder pasar de una ribera a la otra, levitó en un sinnúmero de ocasiones y ejerció control sobre la fauna, ya que sus prédicas daban comienzo al atardecer, que es el momento en que los coquíes (unas ranitas del tamaño de la yema del dedo pulgar y que son autóctonas de Puerto Rico,) comienzan su canto y para lograr el mayor silencio posible, Nuestra Madre ordenaba a estas minúsculas ranitas a callar y de inmediato la obedecían. Los pájaros también cesaban de trinar a su mandato para que su voz se proyectara aún más por toda la montaña. Los testigos presenciales de su obra relataron que igualmente asombrosas fueron las manifestaciones de su poder sobrehumano en torno al conocimiento de los nombres de las personas que acudían a escucharla, ya que se dirigía a cada persona por su nombre aunque no hubieran estado con anterioridad en sus prédicas y que tenía conocimiento sobre los pensamientos y las acciones de sus oyentes.

Las desapariciones de Nuestra Madre también eran comunes. Ésta se desvanecía cuando todos la creían en su casita o con sus niñas, creando al principio confusión entre todos, que desesperados, la buscaban hasta en lo profundo del bosque mientras ella reaparecía, para sorpresa de alguna o de varias personas, en el patio de una casa a gran distancia de la granja sanlorenceña. 

  El bálsamo

Con el pasar de los años, el manantial que Nuestra Madre hizo brotar de unas piedras secas para que la cuadrilla de leñadores construyera su casita se agotó y los discípulos que vivían en la granja le imploraron que intercediera para tener un manantial cerca. Nuestra Madre nuevamente hizo brotar agua entre las piedras, esta vez en la ladera occidental de La Santa Montaña y llamó a esta agua “un bálsamo para todos mis hijitos.” También prometió que dicho manantial nunca se secaría.

 Los encierros

En ocasiones, Nuestra Madre se excusaba con sus discípulos durante las grandes festividades de la Iglesia Católica, explicándoles que tenía que ir al cielo para dichas ocasiones y luego se recluía en su choza por espacio de tres días. Sus discípulos se referían a estas reclusiones como ‘encierros.’ 

            En las noches en que ocurrían estos encierros, un enorme resplandor salía de la choza de Nuestra Madre y esta luz podía observarse a gran distancia. Mientras tanto, sus fieles guardianes no permitían que nadie se acercara a la humilde casita.

La música

Nuestra Madre exaltó la cultura boricua con su predilección por los villancicos navideños puertorriqueños y tocando instrumentos campesinos autóctonos (el güiro, el cuatro y el tiple) en la Navidad y durante otras festividades religiosas mientras exclamaba en alto: “¡Viva Puerto Rico!”  

            Reclutó un pequeño grupo de músicos que tocaban la flauta, el acordeón e instrumentos de percusión y de cuerdas para acompañar a los que cantaban durante los rosarios y para proveer música típica puertorriqueña durante las celebraciones especiales.  

     El amor de Nuestra Madre por la música propició que le regalara una armónica a un discípulo que demostró tener habilidades musicales y que estando de visita en el barrio Piedra Blanca del municipio de Yabucoa, revelara que “en el cielo se canta.”

Identidad 

Según transcurría el tiempo, Nuestra Madre les fue revelando su identidad a sus hijos puertorriqueños. En las ocasiones en que se le preguntaba quién era, afirmaba  que: “Fui testigo de la muerte de Jesús,” “Soy la madre de todos los hombres,” “Soy la señora de todos los pueblos,” “Soy la que sufrió mucho cuando Jesús murió en la cruz” y “Soy la reina del cielo y de la Tierra.” 

Les aseguró además a sus discípulos que siempre permanecería en La Santa Montaña aunque algunos la vieran y otros solamente la sintieran, que aparecería ante muchos de ellos en forma de paloma o del ave que todos sabían que era su favorita (el zumbadorcito puertorriqueño) y que la reconocerían al lado de Jesucristo en el juicio final.

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El zumbadorcito puertorriqueño (Anthracothorax viridi.)

            La primera vez que Nuestra Madre se manifestó como Nuestra Señora del Carmen fue cuando suspendió una de sus prédicas en La Santa Montaña para decirle a un oyente (el primo del discípulo Juan Avelino Martínez que había comentado: “Elenita parece una holandesita cuando predica,”) que la mirara fijamente a la cara para determinar su verdadera identidad. Al hacerlo, el hombre cayó de rodillas y la identificó delante de todos como la Virgen del Carmen, insistiendo que había visto su corona y el resplandor que salía de ella.

Durante una prédica en el sector Alto Sotero Lebrón del barrio Montones del municipio de Las Piedras, Nuestra Madre nuevamente se identificó en público como La Virgen del Carmen. Con el correr del tiempo, los peregrinos que llegaban a La Santa Montaña de lugares fuera de San Lorenzo la llamaban Virgen del Carmen, apelativo al que respondía con toda naturalidad. En momento alguno corrigió a los que así la llamaban. 

Unos dos o tres años antes de partir de suelo borincano, Nuestra Madre comenzó a suplicarle a sus discípulos que rogaran a Papito Dios (el nombre con el que se refería a Jesús,) para que le permitiera derramar su sangre en La Santa Montaña “para el perdón de todos los pecadores, ya que esto será una bendición especial para Puerto Rico.”

Una vez comenzó a identificarse como Nuestra Madre Redentora, utilizaba una gorrita con las iniciales M y R - separadas por una cruz (M+R) – grabadas en el área frontal de su capuchita. En vista a lo anterior, algunos de sus discípulos se referían a ella como Madre Redentora y Mamita Redentora. 

Unos meses antes de su partida de suelo boricua, Nuestra Madre envió de regreso a sus casas a las niñas que permanecían con ella en la granja sanlorenceña. Una de ellas, la cagüeña (del municipio de Caguas) Juana Rodríguez Flores, rehusaba salir de su lado y mientras caminaba llorando y a regañadientes por la ladera sudoriental de la montaña, Nuestra Madre la llamó. Presurosa, Juana regresó, pero en lugar de anunciarle que podía quedarse, le fue entregado el cuadro de Nuestra Señora del Carmen que se instalaba en el balcón de la casita desde donde Nuestra Madre predicaba. La niña colocó el cuadro contra su pecho y lo apretó como si se tratara de un obsequio de inmenso valor. Mientras Juana se alejaba nuevamente de la granja, Nuestra Madre la llamó para preguntarle si sabía lo que llevaba consigo.

“Un cuadro de la Virgen del Carmen,” replicó.

“Esa soy yo. No se lo digas a nadie.”

 La partida

Durante el año y medio previo a su partida, Nuestra Madre comenzó a preparar a sus discípulos más allegados para que pudieran enfrentar con serenidad el momento de la despedida final.  

            Este preparativo dio comienzo mediante la utilización frecuente de expresiones sobre “la necesidad de visitar otros lugares” y de que no se iría de la misma forma en que llegó a tierra borincana, “ya que de hacerlo así, todos ustedes pararían en la cárcel.” Nuestra Madre además consoló a sus discípulos con respecto a su partida diciéndoles que simplemente daría un ‘cambio.’ 

            Una tarde Nuestra Madre convocó a los discípulos frente a su choza y les informó que no la verían por un largo período de tiempo, por lo que todos concluyeron que se disponía a permanecer en otro de sus encierros. No obstante, se trataba de su alejamiento final. 

Ese encierro final, que duró 40 días, comenzó el sábado, 21 de agosto. Durante ese período de tiempo, solamente habló con la sanlorenceña Francisca Gómez Montes, una del grupo de niñas que siempre la acompañó. Alrededor del 22 de septiembre, Nuestra Madre le indicó a Francisca lo que debía hacer con la sangre que derramaría, así como donde colocar su cuerpo y los candelabros para el velorio, que debía durar tres días. Mientras tanto, la ‘desaparición’ de Nuestra Madre llegó a oídos de las autoridades.  

            El jefe del cuartel de la Policía de San Lorenzo, respondiendo a informes de los vecinos del lugar en torno a la ‘desaparición’ de Nuestra Madre, envió a dos agentes a La Santa Montaña con la encomienda de verificar que ésta no había sufrido algún percance.  

             Los agentes se personaron en la granja y tras verificar que Nuestra Madre no se encontraba en los alrededores, amenazaron a los discípulos que de ésta no aparecer dentro de los siguientes tres días, todos serían encarcelados. A los tres días, en el momento en que los dos guardias volvieron a personarse en la granja, Nuestra Madre reapareció entre unos asustados discípulos y tras saludar a los agentes y asegurarles que estaba ilesa, los envió de regreso al pueblo. Al retirarse los policías, Nuestra Madre aprovechó el suceso para recalcar sus motivos para no partir de la misma forma en que había llegado a Puerto Rico.

            “Ya les había dicho que si lo hago de esa forma, todos mis hijitos amados pararían en la cárcel.”

            A renglón seguido, les informó que: “Quiero estar sola durante los próximos tres días para prepararme. A los tres días vayan [a la choza] y se fijan debajo de mi cuarto. Van a ver caer sangre por las rendijas que hay entre las tablas del suelo. Esa sangre será la mía, que la voy a derramar para morir. Entonces vayan a abrir mi cuarto. Ya no estaré aquí, pero no digan que he muerto, sino que di mi cambio. Me echan en la caja como me encuentren, con todo y rosario. Yo estaré preparada. Luego me llevan a enterrar al cementerio de San Lorenzo.”

Ante las miradas de unos campesinos compungidos, Nuestra Madre entró en su choza para permanecer allí los tres días restantes de su último encierro. A ratos, los discípulos que permanecieron en la granja haciéndole compañía la escuchaban tocar su güiro mientras entonaba una copla que en parte decía:

Los niños de pecho lloran, los pecadores se afligen, porque nuestra gente dice: adiós Madre Redentora.

            Al amanecer del miércoles, 29 de septiembre, día en que se celebra la festividad de San Miguel Arcángel, (cuyo nombre hasta 1911 formó parte de la nomenclatura original del pueblo de San Lorenzo: San Miguel del Hato Grande,) el discípulo sanlorenceño José González encendió un anafre para preparar café para los que habían permanecido en vigilia en la montaña. Mientras estaba llevando a cabo esta tarea, González  escuchó la voz de Nuestra Madre, por lo que de inmediato cayó de rodillas, rostro al suelo. 

“Ya he dado el cambio, hijito, pero estaré con ustedes hasta el último día y los recibiré gloriosamente en el cielo.”

            Al levantar la vista, González se percató de que Nuestra Madre se había ido. De inmediato dio aviso de lo sucedido a los demás discípulos, por lo que todos, presurosos, se dirigieron a la choza de Mamita. Al ver que salía sangre por entre las rendijas del piso de la casita formando un charco debajo de la estructura, todos recordaron las palabras que ésta pronunció en varias ocasiones: “¡Dichoso Puerto Rico si derramo aquí mi sangre!”

            Al descubrir la sangre debajo de la choza, los discípulos interpretaron este hecho como la adjudicación de un permiso para entrar a la vivienda. Allí encontraron el cuerpo de Nuestra Madre tendido en el suelo de su habitación y notaron que el mismo ya estaba amortajado con un bálsamo que describieron “como lila.”   

            Una vez un tanto restablecidos los ánimos, uno de los mensajeros salió de la misión en busca de la niña Francisca Gómez para que según lo había dispuesto Nuestra Madre, junto a otras niñas se ocupara de su cuerpo y de su sangre. Mientras tanto, otros discípulos abandonaban La Santa Montaña en varias direcciones para correr la voz sobre el cambio de Mamita entre los residentes de barrios cercanos y para notificar a las autoridades de San Lorenzo sobre su partida.  

     Al arribar a la granja, el grupo de niñas encabezado por Francisca actuó conforme a las instrucciones de Nuestra Madre, recogiendo su sangre con unos paños blancos que fueron colocados dentro de varios frascos de cristal, los que a su vez fueron enterrados cerca de su choza.  

            Esa tarde, el juez de San Lorenzo, Emilio Buitrago, subió al velatorio en la montaña y una vez determinó de forma preliminar que el cambio de Nuestra Madre no había sido causado por mano maliciosa, sentenció que: “El cuerpo de la Madre Elenita ahora pertenece a los ángeles.” 

Durante la madrugada del viernes, primero de octubre, las Niñas de Nuestra Madre envolvieron su cuerpo en una sábana y lo colocaron dentro del ataúd para llevar su cuerpo hasta el cementerio de San Lorenzo.

            Según la comitiva fúnebre avanzaba hacia el norte atravesando los sectores entre La Santa Montaña y el casco urbano del municipio, se iban uniendo personas al cortejo, el que las autoridades sanlorenceñas calcularon en 20 mil almas.

El padre Puras, párroco de la iglesia de San Lorenzo, que ya lucía su vestimenta funeral, salió al encuentro de la comitiva y deteniéndose junto a la caja exclamó: 

            “¡Si ustedes supieran a quien llevan ahí!” 

            De inmediato, el sacerdote cayó de rodillas, pidiendo perdón por las ofensas que había cometido.

 

 

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El padre Pedro Puras en junio de 1919, mientras era párroco  de la Iglesia Nuestra Señora de la Inmaculada Concepción de la isla-municipio de Vieques.

.

                Al entrar a la iglesia, los discípulos que iban cargando el ataúd le aseguraron al sacerdote que según avanzaban hacia San Lorenzo y conforme al paso de las horas, el peso del féretro comenzó a disminuir y que al llegar al pueblo daba la sensación de que estaba vacío.

     Para poder enterrar el cadáver conforme a las disposiciones de la ley, era necesario que el médico del pueblo firmara un acta de defunción, que en el caso de Nuestra Madre se convirtió en un documento pro forma, ya que se preparó sin mediar examen médico del cadáver y con la información suplida por uno de sus discípulos sanlorenceños (Francisco Torres,) porque la difunta carecía de certificado de nacimiento, de fe de bautismo y de identificación de cualquier otro tipo. 

      El acta (número 145 en el Folio 16 del Libro 12 de defunciones del municipio,) incluye la edad de la difunta, 35 años, que su muerte fue generada por debilidad general y que sería enterrada en el cementerio de San Lorenzo. La occisa aparece registrada bajo el nombre de Elena Huge. Se desconoce la razón por la que aparece este apellido sajón en el acta de defunción y abundan las teorías al respecto, incluyendo que fue sugerido por un abogado pro anexionista (a favor de la incorporación de Puerto Rico dentro de la Unión Norteamericana como estado)  apellidado Huge, cuyos servicios profesionales se extendían por el área de Caguas-San Lorenzo y que estaba decidido a eliminar todo rastro de Elenita de Jesús, al menos de los registros oficiales.

 

 

Certificado de defunción pro forma de Nuestra Madre,   expedido en 1909 por las autoridades de Puerto Rico.

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Al concluir la misa de réquiem, la comitiva fúnebre continuó su marcha hacia su destino final, el panteón de la Familia Sellés en el camposanto municipal, ya que los miembros de dicha familia accedieron a que Nuestra Madre fuese enterrada allí.

Los que cargaban la caja durante esta última porción del viaje eran los discípulos varones de la granja, que se miraban unos a otros en complicidad debido a que el poco peso del ataúd evidenciaba que con toda probabilidad se encontraba vacío. Los discípulos depositaron el féretro en el suelo frente al panteón y con caras circunspectas ayudaron al sepulturero a enterrar la caja.

            El pueblo aún estaba repleto de gente y pese a que la ropa de los discípulos estaba empapada por la lluvia, que se sentían sumamente cansados y hambrientos tras 12 horas de peregrinaje, emprendieron el camino de regreso a La Santa Montaña. Al llegar a la granja, los ánimos decayeron por un instante tras buscar a Mamita por todos lados y no hallarla. 

            Adolfo Ruiz Medina aportó un nuevo rayo de esperanza con siete palabras: “¡No hemos buscado en La Santa Peña!” 

Todos salieron presurosos por la ladera norte de la montaña y cuando llegaron a la roca de granodiorita, sus pasos se detuvieron en seco. De pie, junto al inmenso peñasco, toda rodeada de luz, estaba esperándolos sonriente su buena ventura.

La imagen

            La primera gestión de los discípulos de Nuestra Madre después del cambio de esta última fue recolectar dinero para pagar el grabado de las palabras ‘Madre Redentora’ en la lápida de su tumba en el panteón de la familia Sellés en el cementerio adyacente al pueblo. Luego sembraron una zarza americana alrededor del lugar donde dio su cambio en La Santa Montaña para que nadie pisara el área en lo que se allegaban fondos para la construcción de un santuario. Mientras tanto, el padre Puras subía a la granja tres veces en semana a celebrar misa en la capilla que Nuestra Madre ordenó construir.   

            Al arribar a San Lorenzo la imagen de Nuestra Señora del Carmen que Nuestra Madre había encargado a un taller en España a través de una residente de San Lorenzo, los discípulos quedaron atónitos, ya que guardaba un parecido exacto con la fisonomía de Mamita.

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La imagen de Nuestra Señora del Carmen encargada por Nuestra Madre

            La imagen fue llevada en peregrinación por unas seis mil personas hasta La Santa Montaña, donde ha permanecido hasta el presente.

A lo largo de las décadas subsiguientes, los peregrinos continuaban visitando La Santa Montaña y en agosto de 1982, Aida Rivera (8 años de edad) y Migdaly Cintrón (7 años de edad,) ambas procedentes de municipio de Cidra y que frecuentemente visitaban el lugar junto a familiares, alegaron haber hablado con la Virgen María durante una aparición.

 

             Al salir del estado de trance, Migdaly les informó a todos los que se habían aglomerado a su alrededor que una señora muy linda se formó delante de ella, la tomó de las manos y le dijo que no tuviera miedo, “…porque soy la madre de Dios... la Virgen.” 

Desde ese momento, tanto Migdaly como los otros tres niños cidreños que se convirtieron en videntes marianos – Aida Rivera, de ocho años de edad, Jessie Bermúdez y Marilyn Ruiz, los últimos dos de siete años de edad – eran llevados por sus familiares unas tres veces por semana a La Santa Montaña para seguir teniendo encuentros en los que la Virgen María les solicitaba que le llevaran flores, que pregonaran sus mensajes, que interesaran a muchos niños (a los que calificó como “mi preocupación principal,”) a visitarla en La Santa Montaña y a que instaran al pueblo a orar y a entonar himnos porque “Dios está muy cerca de la Tierra y nos encontramos en la última etapa de lo que ha de acontecer.”

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Las niñas cidreñas Aida Rivera, (izquierda) y Migdaly Cintrón, alegaron haber visto  y conversado con la Virgen María en La Santa Montaña en 1982.

Foto: Revista Milenio X.

               El 25 de septiembre, mientras una muchedumbre que sobrepasaba las 300 personas acompañaba a Migdaly, a Marilyn y a Aida en el rezo del rosario en el área de La Santa Montaña conocida como ‘Las Tres Cruces,’ la Virgen María le entregó un rosario a la segunda, entrelazándolo entre sus manos.

               Mientras tanto, Aida y Migdaly comenzaron a levitar. La concurrencia, al notar que las niñas se encontraban a una altura de tres o cuatro pies (0.9 o 1.2 metros) sobre el suelo sin nada que las sostuviera, se conmocionó. Algunos salieron corriendo, otros cayeron al suelo o continuaron rezando y unos pocos, al ver que aumentaba la distancia entre las niñas y el suelo, comenzaron a dar gritos. 

               Justina Sánchez, una residente de Cidra que se encontraba entre los feligreses que estaban orando esa noche en Las Tres Cruces, informó que la levitación ocurrió a eso de la una y media de la madrugada y que con la ayuda de los feligreses cidreños Antonio Rolón, Sara Sánchez y Nelly Martínez se logró agarrar a Aida por las piernas y bajarla, pero al tratar de agarrar a Migdaly el cuerpo de la niña se colocó en posición horizontal con los brazos extendidos. Migdaly se mantuvo flotando por espacio de unos cinco minutos a más de siete pies (2.1 metros) de altura y tras muchos esfuerzos, las mismas personas que lograron bajar a Aida alcanzaron el cuerpo de Migdaly y lo depositaron en el suelo. 

               Durante los meses subsiguientes, tanto los niños videntes como muchas de las personas que visitaban La Santa Montaña les aseguraron a los representantes de los medios de comunicación haber escuchado los cánticos de un coro de niños y no poder precisar el lugar exacto de la procedencia de las voces. 

               Una vez se corrió la voz en torno a la serie de apariciones marianas en La Santa Montaña, en poco tiempo aumentó la cantidad de grupos de oración que visitaban el lugar. Se organizaron peregrinajes, retiros, charlas y toda clase de actividades conducentes a llenar las necesidades espirituales de los feligreses que acudían al santuario con la esperanza de ver a Nuestra Madre, en busca de sanación espiritual, emocional o física o que deseaban escuchar los nuevos mensajes de la Virgen María. Cualesquiera que hayan sido las motivaciones que impulsaron a estos peregrinos para allegarse a La Santa Montaña, todos salían impactados por las reportadas vivencias espirituales que experimentaron durante su estancia en el lugar.

En cuanto fue notificado de estos hechos, el obispo de la diócesis de Caguas, monseñor Enrique Hernández, ordenó al sacerdote benedictino Jaime Reyes, (adscrito a la Abadía San Antonio, Humacao, Puerto Rico,) a conducir una investigación a fondo de lo sucedido.

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Monseñor Enrique Hernández Rivera, conocido en Puerto Rico  como ‘El obispo amado por su pueblo.’

Mientras el padre Reyes conducía la investigación, miles de personas acudían al lugar buscando la sanación física, la conversión o ayuda espiritual. En aras de proveerles a estos feligreses un lugar adecuado para sus necesidades, monseñor Hernández ordenó la construcción de un santuario diocesano en La Santa Montaña bajo el nombre de Nuestra Señora del Carmen (Monte Carmelo.) Al ser concluidas las obras de construcción del santuario, el padre Reyes fue nombrado como rector del lugar.

Las videntes

Al santuario acudieron varias videntes marianas de fama internacional junto a sus respectivos consejeros espirituales, entre estas: Cindy Cain (Estados Unidos,) Vassula Ryden (Egipto,) Sor Briege McKeena (Irlanda) y Marija Pavlovik (Bosnia-Herzegovina.)

Esta última dijo en público durante su visita en 1992: “No sé por qué los puertorriqueños viajan a Medjugorje, ya que tienen a la Gospa (en español: la Virgen) aquí [en La Santa Montaña.”]

La exhumación     

Juan M. Pedró, el sepulturero sanlorenceño que ha ejercido dicho oficio por décadas indicó a una periodista (durante una entrevista efectuada en 2005) que en 1991 le había sido encomendada la tarea de abrir el panteón de la familia Sellés en el antiguo cementerio de San Lorenzo y remover el ataúd donde en 1909 se colocó el cuerpo de Nuestra Madre.

Pedró relató que a mediodía del Miércoles Santo de ese año [1991] recibió la orden de abrir la tumba y sacar la caja. “Eso hice y cuando abrí la tapa, estaba vacía. No había nada adentro, ni siquiera polvo de huesos. Eso es bien raro porque cuando uno abre una caja sellada, por más años que hayan pasado, siempre aparece algo, ya sean huesos,
pedazos de hueso, la calavera o parte del cráneo; hasta polvo de huesos. Me quedé cerca y los oí decir [a los testigos de la exhumación] que esperaban al menos encontrar una mantilla o un rosario, pero allí no había nada; la caja estaba llena de aire.”

El informe

En 1993 el presidente de la Conferencia Episcopal Puertorriqueña, monseñor Fremiot Torres Oliver ordenó una investigación en torno a La Santa Montaña. Los deberes investigativos recayeron sobre el padre José Dimas Soberal, vicario general de la Diócesis de Arecibo.

En su informe final, rendido el 15 de agosto de 1994, el padre Soberal, entre otras cosas, concluyó que:

▪  [nótese que sin contar con o presentar prueba alguna:] la figura que convivió en La Santa Montaña con campesinos puertorriqueños entre 1899 y 1909 no había sido la Virgen María, sino una ciudadana holandesa llamada Elena Huyke;

▪ [nótese que sin mediar examen médico alguno:] dichos campesinos (los testigos,) por ser en su mayoría analfabetas y pobres, así como estar en edad senil, habían creado un mito que sus descendientes repetían;

▪ [nótese que sin tomar en consideración las apariciones en el Cerro Tepeyac, Lourdes y Fátima, entre otras,] la figura que estuvo en La Santa Montaña entre 1899 y 1909 no podía ser la Virgen María porque después de su asunción esta última no había vuelto a pisar la Tierra y;

▪ decir que la Virgen María había sido la figura que estuvo en La Santa Montaña entre 1899 y 1909 era creer en la reencarnación.

Monseñor Hernández y el padre Reyes contestaron el informe emitido por el padre Soberal, pero contrario al informe, que fue enviado a todos los obispos de Puerto Rico, sus respuestas no pasaron del escritorio de monseñor Torres Oliver.

Debido a presiones monumentales, en 1998 monseñor Hernández Rivera presentó su renuncia como obispo de la Diócesis de Caguas.  

Unos siete años más tarde (2005,) mientras una periodista puertorriqueña llevaba a cabo una investigación para la redacción de un libro en torno a La Santa Montaña, se comunicó con la Diócesis de Caguas para obtener el insumo del obispo de dicha sede en torno a la identidad de Nuestra Madre. Le fue informado por un funcionario de la diócesis que la respuesta de monseñor Rubén González a dicha petición era que no tenía nada que comentar debido a que la investigación diocesana en torno a esta figura estaba cerrada. La periodista le preguntó al funcionario la identidad de la persona que había ordenado el cierre de la investigación y la respuesta fue: “Desconozco este dato.”  

Entre la información recopilada por la periodista para la redacción de libro, figuran las memorias de Adolfo Ruiz Medina, dictadas por éste antes morir. En ellas el otrora leñador relata sus 10 años como discípulo de Nuestra Madre en La Santa Montaña.

En un segundo libro escrito por la periodista se incluyeron los certificados oficiales de nacimiento y de defunción de la ciudadana Elena Huyke, que fueron obtenidos por el genealogista holandés Mathijas Vonder.

Estos documentos y otros expedidos por las autoridades españolas, prueban que Elena Huyke – la ciudadana holandesa a la que hizo referencia el padre Soberal en su informe – nació en Curazao, Antillas Holandesas en 1847, llegó a Puerto Rico junto a su familia, vivió en el  municipio de Arroyo (aparece registrada en el censo español de  1870,) regresó a Curazao junto a su padre en 1880 y murió allí en 1925. En conclusión, que Elena Huyke se fue de Puerto Rico 19 años antes de que Nuestra Madre arribara a La Santa Montaña y murió fuera de Puerto Rico 16 años después del entierro de Nuestra Madre.

La sangre

            Durante las décadas que siguieron al cambio de Nuestra Madre sus discípulos y los descendientes de éstos conservaron el lugar donde ‘Mamita’ había convivido con los jibaritos puertorriqueños marcando y protegiendo el lugar donde se erguía su humilde casita y había derramado su sangre, así como construyendo una capilla rústica. El lugar era utilizado como sitio de oración por los peregrinos del área.

En 1935, Félix Rodríguez Tirado, (un residente de Patillas que atestiguó que Nuestra Madre había relatado que Dios la había enviado a platicar la salvación a todos) se encontraba escarbando en el lugar del derramamiento de la sangre de Nuestra Madre para hacer un monumento en el lugar, cuando de pronto encontró los paños con la sangre de Nuestra Madre y unos mantos de ésta. La impresión que recibió al ver que la sangre aún estaba fresca fue tan fuerte – ya que habían transcurrido 25 años desde que habían sido enterrados allí – que los extrajo a toda carrera, corrió a un lugar cercano y los volvió a enterrar a unos tres o cuatro pies (un metro) de profundidad. 

En el año 2013, Gerardo González Rosario, un artesano residente del Barrio San Salvador de Caguas y nieto del discípulo Alberto Rosario Galarza – quien formó parte del grupo conocido como Los Soldados de Vuestra Madre – firmó una declaración jurada ante el abogado de la Comisión de Derechos Civiles de Puerto Rico, Joel Ayala Martínez, indicando que en 1984 había recibido órdenes de Nuestra Madre de personarse en La Santa Montaña, lo cual hizo y bajo instrucciones de ésta y recibidas allí encontró los frascos que contenían la sangre derramada en 1909 y vuelta a enterrar en  1935.  Para su sorpresa, descubrió que la sangre seguía fresca.

Tras sustraer los frascos y al disponerse a enterrarlos nuevamente donde le fue indicado, pidió permiso para coger un pedacito de paño con sangre para sí y obteniendo la venia de Nuestra Madre, colocó el mismo en un pequeño frasco de cristal que cerró con un corcho y luego lo colocó en el bolsillo de su pantalón.

 

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Frasco que contiene la sangre de Nuestra Madre.

González Rosario no le reveló a nadie lo sucedido hasta que nuevamente recibió instrucciones de Nuestra Madre en 2013, esta vez ordenándole mostrar la muestra de sangre que custodia desde 1984.

El 9 de enero de 2013, el actor, locutor y ex presidente de la Asociación de Productores y Artistas del Espectáculos (conocida por sus siglas, APATE,) David Ortiz Angleró, se personó en la residencia del señor González Rosario en el barrio San Salvador de Caguas y tuvo frente a sí y a plena vista – desde las 9:45 de la mañana hasta el mediodía – el frasco de cristal transparente que contiene la sangre de Nuestra Madre y mediante declaración jurada realizada el 2 de marzo de 2013 ante el licenciado Joel Ayala Martínez quien labora en la Comisión de Derechos Civiles de Puerto Rico, indicó que en todo momento la sangre contenida en dicho envase permaneció en estado líquido y de color rojo-manzana y que además, del frasco donde está contenida, pese a que estaba cerrado, emanaba un fuerte olor a rosas. La declaración del señor Ortiz Angleró fue estampada con La Apostilla de La Haya (timbre que hace un documento válido en los países que firmaron el Acuerdo de La Haya – 5 de octubre de 1961 – entre éstos, El Vaticano.)

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Gerardo González Rosario

El 12 de febrero de 2013 se llevó a cabo la extracción bajo condiciones asépticas de una muestra de la sangre (que seguía y sigue en estado líquido: fresca) dentro del frasco bajo la custodia del González Rosario para estudio mitocondrial (ADN.) El estudio de dicha muestra se llevó a cabo en Advanced DNA Identification Center, ubicado en la Avenida Muñoz Rivera 1056, Río Piedras, Puerto Rico por el dueño de dicho laboratorio, el doctor Gilberto Aponte Machín ante la presencia de 12 testigos de diversas profesiones y oficios, todos de reputación intachable.

 

 

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Dr. Gilberto Aponte Machín

A cada testigo se le tomó la huella del pulgar derecho y las mismas fueron incluidas, junto a copias de sus identificaciones con foto, en el expediente médico, que lleva como título: Montaña Santa.

Cada testigo hizo una declaración jurada en torno a sus circunstancias personales y en torno a sus observaciones y todas las declaraciones tienen la firma y el sello notarial del licenciado Ayala Martínez, los sellos requeridos por el Estado Libre Asociado de Puerto Rico y la apostilla de La Haya.  

Los testigos evidenciaron el momento en que se abrió el frasco, así como el fuerte, identificable y penetrante olor a rosas frasco en posesión del señor González Rosario y que perduró hasta que el mismo fue cerrado. También evidenciaron la inmutabilidad de la sangre, que permaneció en estado líquido y de color rojo escarlata brillante durante los 27 minutos que duró la extracción de la muestra. Seis de los testigos fotografiaron el procedimiento con cámaras digitales y dos tomaron vídeos del mismo en el cuarto de examen.

rojo escarlata brillante durante los 27 minutos que duró la extracción de la muestra. Seis de los testigos fotografiaron el procedimiento con cámaras digitales y dos tomaron vídeos del mismo en el cuarto de examen.

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Momento en que el doctor Aponte Machín sacaba la muestra  de la sangre en el frasco. Foto cortesía de Joan Veve.

 

     El análisis de laboratorio consistió en determinar si la substancia líquida en la muestra que provenía del frasco en posesión del señor González Rosario desde 1985 es en realidad sangre humana, el sexo de la persona a la que pertenecía y los pueblos de procedencia mediante un estudio del ADN (siglas por las que se conoce al ácido desoxirribonucleico.)

     El resultado oficial y certificado del análisis, con fecha del 28 de febrero de 2013 indica que sin lugar a dudas, la sangre sustraída del frasco bajo la custodia del señor González Rosario procede de una mujer y que la posibilidad de que la persona de la que procede la sangre sea puertorriqueña es 1 en 5.77 x 1017 o 577,000,000,000,000,000. (577 millones de billones.) 

     Se estima que la población de la Tierra es alrededor de 7.1 billones (millardos) de personas, o sea, 7,100,000,000 seres humanos.

Resultado oficial del análisis de la sangre de Nuestra Madre.

.Certificado de Muerte

Una perito puertorriqueña que solicitó no ser identificada, que labora en un laboratorio de investigaciones genéticas en San Juan y que tiene a su haber una maestría en biología con concentración en filogenética, (la ciencia de la clasificación de las especies basada únicamente en las relaciones de proximidad evolutiva entre las distintas especies mediante la reconstrucción de la historia de su diversificación desde el origen de la vida en la Tierra hasta la actualidad,) tradujo el lenguaje científico (los números y las letras en las tres columnas verticales que aparecen el resultado del análisis de la sangre de Nuestra Madre llevado a cabo por Advanced DNA Identification Center, Inc.) a un lenguaje entendible al ciudadano promedio indicando los pueblos cuyos genes aparecen en dicha sangre.

El listado a continuación contiene dos columnas. En la columna de la izquierda están los marcadores genéticos (números y letras) que aparecen en el resultado expedido por Advanced DNA Identification Center, Inc. y a la derecha aparecen los pueblos que son identificados con dichos marcadores genéticos (la información brindada por la experta en biología con concentración en filogenética. ​

Al finalizar el listado aparecen en español y en el mismo orden del listado los nombres de los pueblos, los países y los continentes mencionados en la lista.

 

LECTURE OF ADN RESULT
[COMABILITY MODE]
GENETIC MARKER
COMPABILITY
D3S1358(3p)
Philippines
THO1 (11P15.5)
S. Africa, Timor Leste (South East Asia)
D21S11 (21q11-21q21)
Apache, Argon (India)
D18S51 (18q21.3)
Native American, Egyptian
D5S818 (5Q23.3-32)
Hutu (Rwanda,) Arab (Tunisia)
D13S317(13q22-q31)
African (Colombia,) Guinean
D7S820 (7q11.21-22)
Baiti (India,) Hungarian, Romany
D16S539 (16q2.4-qter)
Inupiat (Northern Alaska,) Japan
CSF1PO (5q33.3-34)
Lai (India)
PENTA D (21q)
Baniya (India,) Malay (Singapore)
VWA (12p12-pter)
Byelorussian (Poland,) Bubi (Ecuatorial Guinea)
D8S1179 (8q)
Equatorial Guinean (Spain,) Athabaskan (Alaska)
TPOX (2p23-2pter)
Berber (Tunisia,) Lithuanian
FGA (4q28)
Mestizo, Bniya (India)
Amelogenin (Xp22.1-22.3)
N/A
*Yellow represents the higher frequencies
 


Note: Tribes were located through Earth, Human and Short Tandem Repeat Allele Frequencies Database (EHSTRAFD website: www.ehstrafd.org)

Traducción:

Lecture of ADN Result: Lectura del resultado del ADN 

[Compatibility Mode]: Modo de compatibilidad                                                                                                                       

Genetic marker: Marcador genético.                                                                                                                                   

Compatibility: Compatibilidad (Pueblos:)

Filipinas                                                                                                                                                                                                     

África del Sur, Timor Oriental (Asia Sudoriental,)                                                                                                      

apache, argon (India) [pueblo que reside en la región Ladakh del estado de Jammu y Kashmir. Aparece en el diccionario como una tribu exótica de la antigua India.]                                                                                                                                                              

nativos norteamericanos, egipcio                                                                                                                        

hutu (Ruanda,) árabe (Túnez) [Los hutu son conocidos además como los abahutu y habitan la región de los grandes lagos en África.]                                                                                                                             

africano (Colombia,) guineano                                                                                                                                  

baiti (India,) húngaro-rumano  [la tribu baiti aparece en las fuentes consultadas como sumamente antigua y originaria del occidente de Bengal, India.]                                                                                                                            

inupiat (norte de Alaska,) Japón                                                                                                                          

lai (India)  [aparece en las fuentes consultadas como una tribu primitiva de la India.]                                                                                                                                                

baniya, (India,) malayo (Singapur)                                                                                                         

bielorruso (Polonia,) bubi (Guinea Ecuatorial)                                                                                                   

Guinea Ecuatorial (España,) athabascan, Alaska                                                                                               

berber (Túnez,) lituano                                                                                                                                   

mestizo, baniya, India  [los baniya conforman una casta en la región central de la India.]                                                                                                                                           

No Aplica

Nota: Las tribus fueron localizadas a través de la base de datos Frecuencias de la Repetición del Tándem de Alelos en Humanos de La Tierra [portal electrónico de]  EHSTRAFD: www.ehstrafd.org) Lo [sombreado en] amarillo representa la mayor frecuencia.

​                               La información brindada por esta perito fue examinada por el licenciado Miguel de Puigdorfila, que cuenta con una maestría en estudios biológicos; es abogado, historiador y un destacado filólogo; está avalado por el estado como investigador profesional certificado; ha sido instruido por la Sociedad Americana de Seguridad Industrial para detectar la falsedad en la declaración oral y escrita; ha redactado y también analizado innumerables contratos y tratados internacionales privados y públicos para determinar su intención; ha tenido la oportunidad de discutir la redacción de los reglamentos federales (USA) con los funcionarios norteamericanos que redactan el Código Federal de Reglamentos; ha analizado mociones y declaraciones en español, inglés, francés e italiano; tiene amplio conocimiento de la redacción y la construcción forense y es un estudioso de la historia humana y de las migraciones.

               La explicación ofrecida por De Puigdorfila tras examinar el documento de la perito indica que:

Pese a que los resultados del análisis de la sangre de Nuestra Madre contiene genes de pueblos antiquísimos que se esparcieron por el mundo, el problema estriba en que  estaríamos especulando si nos pusiéramos a considerar la posibilidad de que la sangre de Nuestra Madre contiene genes de cada pueblo del mundo, ya que debido a la destrucción de las bibliotecas de las grandes civilizaciones antiguas, la información en cuanto a las migraciones de los pueblos en su mayoría se basa en teorías, es contradictoria y carecemos de registros fidedignos de las corrientes migratorias mundiales más allá del año 1,000 antes de Cristo.

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Mapa de las tierras que conformaban nuestro planeta hace 18 mil años y de las migraciones de los primeros humanos modernos desde su salida de África durante la prehistoria.

               En esta declaración profesional la construcción y la redacción del autor delatan su sorpresa científica y personal ante el hallazgo de que la mujer de cuya sangre se obtuvo la muestra es tan improbable que es imposible que fuese puertorriqueña.

 

               Si se considera que la UNESCO en su publicación oficial (edición 1980) indicó que la población de Puerto Rico estaba compuesta por un 89% de blancos procedentes de todas las etnias europeas pero especialmente de españoles, franceses, italianos e irlandeses y que sus descendientes se habían mezclado con los indos taínos y con un 11% de negros y mulatos africanos, nos vemos obligados a considerar que la población puertorriqueña de hoy desciende de las sucesivas emigraciones de blancos europeos que se dieron durante los últimos 500 años, primero la más obvia, (la española,) pero no necesariamente la mayoritaria en el Siglo 19, ya que:  (1) los españoles son una mezcla de los siguientes pueblos: tartesio, fenicio, cartaginés, ibero, griego, romano, visigodo, alano, suevo, astur, egipcio, vascuence, franco, árabe, asirio, palestino, beduino, negro y berebere, por mencionar unos cuantos además de los romanos;  (2) los franceses son una mezcla de galos, romanos, árabes, gascones, francos, sajones, godos y corsos; (3) los italianos son una mezcla de romanos, etruscos, lombardos, griegos, sicilianos, sardos y napolitanos y; los negros son una mezcla de igbo, mandingo y bantú. A todo esto habría que añadir a los rusos, celtas irlandeses, polacos, escandinavos y las mezclas de daneses y holandeses que conforman el pueblo norteamericano, que también arribó a nuestras playas.   Si la sangre de la mujer que fue analizada no contiene genes identificados con ninguno de los componentes mencionados, implicaría que no proviene de esa mezcla de razas. Y si consideramos que esa mezcla de razas es la regla identificable para los blancos europeos occidentales de los últimos 1,500 a 1,000 años, querría decir que viene de otra mezcla étnica anterior en tiempo.

En marzo de 2013 el señor González Rosario remitió una carta a monseñor Rubén González, obispo de la Diócesis de Caguas, así como a los restantes cinco obispos de Puerto Rico (San Juan, Ponce, Mayagüez, Arecibo y Fajardo-Humacao) en la que les informó acerca de la reliquia bajo su custodia, las circunstancias en que la había encontrado, el examen de ADN que se le hizo en un laboratorio certificado por el estado, la lectura del análisis de la sangre y los comentarios al respecto de peritos en la materia. La misiva incluía su declaración jurada con el sello notarial del Lcdo. Ayala Martínez.

Poco después se celebró una conferencia de prensa en San Juan para anunciarle al pueblo puertorriqueño esta información.

El obispo de la Diócesis de Caguas, monseñor Rubén González, le remitió una carta al señor González Rosario indicando que había ordenado la creación de un comité ad hoc (temporal) compuesto por cuatro sacerdotes para estudiar las recientes revelaciones hechas por el segundo.

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Monseñor Rubén González,   obispo de la Diócesis de Caguas. Foto NotiUno.com

               González Rosario fue entrevistado el 5 de noviembre de 2013 por susodicho comité, que estaba compuesto por un psiquiatra, un psicólogo, un experto en asuntos marianos y un experto en geriatría. La entrevista, que se llevó a cabo en el obispado de Caguas, duró tres horas. ​Hasta el momento (verano de 2015) el comité no ha entrevistado a ninguna otra persona, incluyendo al padre Reyes.

               Monseñor González cesó en sus funciones como obispo de la diócesis de Caguas en enero de 2016 y hasta el momento de su partida no hizo pronunciamiento alguno en torno a la evidencia que le fue remitida y la comisión científica nombrada por él tampoco ha emitido declaración pública alguna al respecto..

 

 

 

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El objeto color marrón dentro del frasco es un escapulario de la Virgen del Carmen.